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Camboya en medio del tiempo...

El tiempo pasa rápido, tan rápido que ya hemos consumido más de la mitad del viaje. Cuando rebasas esta línea en su geometría psicológica empiezas a respirar que habrá un fin, un último avión que nos llevará a casa. Piensas si por entonces ya será el momento de volver, o si ya lo fue o si todavía no lo es. Piensas como arrancarás de nuevo después de acostumbrarte a hacer y deshacer el hogar que cabe en las mochilas. Cuentas los meses que faltan y salen aun muchos días, pero estos ya son menos que los viajados, y sientes que desde aquí hasta ese finito, los días se sucederán cada vez más rápido.

Antes de partir hacia Sudamérica escribíamos también sobre el tiempo, pero lo hacíamos desde su lentitud para alcanzar un futuro lleno de expectativas. Los días por entonces avanzaban en un extraño equilibrio entre las rutinas que acabarían de forma súbita y los preparativos que daban forma al viaje. Al final llegó el día de partir. Fue de madrugada. Las farolas iluminaban con luz naranja carriles sin tráfico. Barcelona dormía el sueño previo al estallido de un nuevo día.

Somos dos, conviviendo todas las horas del día. Hay días buenos y no tan buenos, donde la convivencia pasa de ser una elección del instinto a ser un auténtico reto. Desde aquí lo cuestionamos todo, nos cuestionamos continuamente. Tenemos tiempo para reflexionar, para pensar sobre minucias irrelevantes, sobre política, sobre nosotros, sobre vosotros y sobre ellos. Estamos aprendiendo a conversar, a escuchar y a respetar las diferencias inherentes a cada cosa y a cada uno. Viajando entiendes que todo puede resolverse de muchas formas distintas, que no hay una única manera de actuar ni de vivir la vida. Nadie tiene la razón absoluta porque todo se basa en la experiencia de cada uno. Todo vale aunque nuestro mundo se empeñe en inculcarnos que sólo hay una forma de vida en la que prima el dinero, las propiedades y la “calidad de vida”, dentro de una legalidad que también pude ser cuestionada.

El tiempo ha seguido avanzando a pesar de aludirlo en el primer párrafo de este escrito. Su infinito nos hace cada vez más pequeños y a pesar de ello vivimos unos segundos por alguna razón, por un sentido que quizá no lleguemos ni a rozar con los dedos. Lástima. Camboya ha quedado atrás, nos ha dado mucho, y sin embargo no podemos cuantificarlo. El tiempo seguirá su curso ajeno a lo que hagamos con nuestra vida. Tic tac… alguien acaba de nacer… Tic tac… alguien ya se ha ido…

Robiol.

Tres pinceladas...

Camboya nos ha dado unas cuantas sacudidas, de esas que te dejan para pensar largo y tendido. De los museos sobre el régimen de Pol Pot entendimos que la historia de nuestros libros pivota sobre nuestro centro de gravedad, y conforme nos alejamos del punto de giro los hechos se desvanecen en breves explicaciones o en la ausencia total de ellas. Aquí hubo un genocidio en el que hombres y mujeres cometieron las mayores brutalidades contra la humanidad. Fue duro leer sobre hasta dónde llegaba nuestra ignorancia.

En este país hemos aprendido que ser conservador no riñe con ser tolerante. Los homosexuales y los travestis no son ningún colectivo marginal al que se le apunta con el dedo cuando pasean por la calle. Lo negativo de esta tolerancia sexual es que desgraciadamente fomenta la prostitución de menores que consumen hombres solitarios de todas las edades, nacionalidades y calañas. Hemos visto, como en ningún otro sitio, a muchos hombres viajando solos que nos han hecho revolvernos en estereotipos sin fundamento.

También se nos ha desmoronado el tópico de que viajar por estos países es para jóvenes. Hemos visto a más parejas mayores que jóvenes y de hecho la media de edad bien podría ascender hasta más allá de los 50 años. Parejas de la edad de nuestros padres recorriendo lugares recónditos, paseando por la jungla, o aquella pareja sobre los 70 años, subidos a una moto y cortando el polvo a toda velocidad.

Robiol.

El derecho a subsistir

La recesión económica todavía coletea feroz y nos arroja un resultado de más de 4 millones de personas sin empleo y otras muchas miles que sobreviven con un sueldo básico que apenas les da para cubrir sus gastos. En estas circunstancias, y cuando las ayudas y prestaciones son insuficientes o llegan irremediablemente a su fin, muchas familias podrían llevar a cabo una iniciativa empresarial por necesidad y crear fácilmente un pequeño negocio con el que subsistir sin depender de forma absoluta de la volátil y escasa oferta de trabajo de la gran multinacional. Las gentes podrían cultivar y pescar para vender su excedente en los mercados, elaborar artesanías o productos, utilizar su vehículo como medio de transporte público, hacer de su salón una sencilla peluquería o colocar unas mesas en su patio y servir comidas caseras.

Todo esto que parece tan sencillo, y que permitiría a muchas familias salir de una verdadera agonía económica, en la actualidad en España es imposible. ¿Por qué? Por qué todo en nuestro primer mundo está subyugado al concepto de la propiedad privada y a las múltiples normativas legales. Para montar un pequeño negocio, primero has de tener un patrimonio y garantías que te respalden, después obtener los permisos y licencias pertinentes, cumplir con sempiternos requisitos legales y superar una densa burocracia. Esta labor puede significar mucho tiempo, muchos recursos, mucho tesón, y por supuesto, una infinita paciencia. ¿Cuántas ideas hemos tenido muchos de nosotros y nunca se han materializado por el entramado legal? Así, es muy difícil que la iniciativa y el emprendimiento personal tomen nunca impulso, aún cuando es más necesario.

En estos meses viajando por diferentes países hemos visto con nuestros propios ojos una total libertad de los individuos para procurarse el sustento y crear su profesión sin más limitación que su propia inventiva y el esfuerzo del día a día. No hay un marco legal estricto, pero todos tienen su oportunidad en la calle o en el campo. Hemos visto a gentes pescando libremente en la orilla del río o del mar, cultivando sus verduras en un pedazo de tierra y llevándolas al mercado a vender, sirviendo bebidas o comida casera en la calle, usando su propia furgoneta para transportar u ofreciendo su casa para alojar a los viajeros de paso. Es el otro extremo de la economía. Es la economía caótica, informal que nace de la necesidad. Pero es una economía flexible que ofrece posibilidades a todos.

En cambio nosotros, ante una crisis y el pavor a perder un salario: ¿cómo nos planteamos siquiera un final de mes?, ¿qué comemos sin dinero?

¿No será que las Normativas Legales que hemos desarrollado para regular y proteger a la Economía global, cada vez más actúan como una traba, entorpeciendo y limitando nuestro derecho vital de procurarnos un medio de subsistir más básico y natural?

Rajol.

98 km

Todos dicen que es una verdadera locura atravesar Mondulkiri para llegar a Ratanakiri. Ambas regiones están comunicadas por tan sólo una senda estrecha de arena y polvo rojo por donde es imposible que acceda un vehículo de 4 ruedas. Pero hemos de continuar nuestro rumbo hacia el norte (Laos) y evitar ese camino es obligarnos a retroceder para dar un tremendo rodeo.

Así que llegamos hasta Ko Nyec en una pick up (con 12 personas más), que es el punto de partida e intentamos negociar con los aldeanos para intentar que alguien nos lleve
en moto hasta Ban Lung, a 98km de distancia. Al principio, todo eran reticencias y suspiros. Después nos piden 50$ por hacer el trayecto (50$: ¡¡nuestro presupuesto de 2 dias!!). En un taller mecánico unos jóvenes nos proponen 38$ después de regatear un buen rato. Finalmente, conocimos a Andrew, un suizo completamente cubierto de polvo que nos explicó que venía precisamente de allí y su “driver” iba a volver de vacío. Con ellos finalmente conseguimos el trato por 30$.

A las 6.00 a.m. estábamos ajustando las mochilas de mas de 35kg entre las rodillas de Bomun, y sentándonos atrás de su moto Scooter. Menuda locura. La imagen ya era épica, pero faltaba experimentar lo mejor: el camino. 98km de tierra finísima, cubierto de polvo, surcado de baches, raíces y piedras. Bomun manejaba la moto con verdadera soltura con los pies prácticamente siempre en el suelo reptando como un gran lagarto, haciendo equilibrios para no resbalar en la arena. Además, había de sufrir mis continuos cabezazos con el casco integral cada vez que nos metíamos en un bache (-Ups! Sorry!- -No probleeem...-) o mis garras apretadas a su chaqueta cada vez que aceleraba para salir de un mar de polvo. La moto de Robiol no hizo más que dar problemas, se calaba, cambios de bujías rotas, ruedas pinchadas. Toda una odisea en la que no hacíamos más que mirarnos de reojo sin pronunciar una palabra.

Pero al final lo conseguimos después de casi 6 horas de traqueteo (Cálculo necesario: 98km/6horas=16km/hora). Con un sprint final, hicimos nuestra penosa aparación en la ciudad de Ban Lung, cubiertos de una nube de polvo, masticando arena, la boca completamente seca, la cara negra y los ojos llorosos, preguntándonos si habían conseguido batir algun tipo de record con nosotros. Al bajar de la moto escuché crujir todos mis huesos.

- Pero los tengo todos en su sitio.- pensé-. Y fue todo un alivio.

Rajol.

Carreteras perdidas de Camboya

la aldea sin tiempo: Pnong

La etnia minoritaria “pnong” se concentra en la región de Mondulkiri, cerca de la frontera con Vietnam. Tuvimos la oportunidad de convivir con Sntmun durante dos días en los que nos arrastró por la selva camboyana, crujiente y seca, para enseñarnos varias cascadas y dormir balanceándonos en una hamaca entre dos cañas gigantes de bambú. La noche fue muy fría y no pudimos dormir, así que nos levantamos hacer un fuego y Sntmun se unió a nosotros. Rápidamente nos trajo un aperitivo riquísimo en forma de rana. Las asamos al fuego y viendo como se hinchaban y crepitaban, pasaron los minutos y volvimos a entrar en calor. Al día siguiente volvimos rápidamente al poblado atravesando de nuevo la selva bordeando la senda que había abierto, días atrás, un elefante.

Sobre el mediodía llegamos a su aldea y nos invitó a comer en su casa, junto a su mujer e hijos. Recuerdo la humildad de su cabaña, hecha completamente de madera, la parte inferior convertida en un porche fresco, sombrío, donde se comía, se cocinaba, se recibía al invitado, se jugaba con los niños y se dormía, eso sí compartiendo el espacio con el picoteo de las gallinas, el gruñido de los cerdos y la mirada astuta de los perros. Descansamos en el porche y observamos la rutina de la familia: miradas serenas, movimientos suaves, la música exótica de sus palabras y el tiempo deslizándose lento y pesado por entre las rendijas de la casa. Si hubiese existido en ese mismo momento un reloj, se hubiese desvanecido en ese mismo instante, ya que el tiempo allí, no existe. Mientras disfrutábamos de esa extraña sensación, Sntmun preparó en una caña de bambú al fuego, una salsa deliciosa de berenjena y citronella y nos la sirvió con arroz. Comimos, bebimos licor y nos reímos como niños con unos cuantos trucos de magia.

Nos fuimos mirando atrás, sonriendo, y mientras nos alejábamos empezamos a sentir los segundos, volviendo a latir suave, tímidamente.

Rajol.

Mundos de plástico.

Me quedo absorta mirando como unas mujeres entretejen con sus manos, hojas finas de bambú para hacer pequeños envases. Entrelazan una y otra hábilmente, y en pocos minutos tienen una frágil cajita entre sus manos. Es un trabajo laborioso e hipnótico. En estos envases naturales se cocerá después el arroz, se servirá la comida o acabarán de cajita de adorno natural para productos de cosmética. Pero esta tradición única y ancestral es hoy en día sólo una curiosa excepción, puesto que la cultura del plástico la ha desbancado rápida y eficientemente.

Botellas de agua de plástico, envases de comida de polipropileno, bolsas de aperitivos multicolores, bolsas de jabón o champú, botes de dulces, latas de cerveza siembran de sustancias químicas la orilla de los ríos, los bosques, los jardines de las casas. Es curioso, la basura anónima está esparcida allá donde mires, pero para ellos no existe. No la quieren ver. Nadie la recoge. Nadie recicla. Es cierto que siempre han existido los desechos, pero hace unos años eran de bambú y de hojas de plátano, todo absolutamente orgánico que la propia naturaleza se encargaba de transformar en algo útil para la tierra. Ahora estos plásticos químicos tardaran cientos de años en desaparecer. Pero todavía no lo saben. Con suerte la crecida del rio en unos meses lo apartará de su vista y de su orilla, pero ¿qué ocurre con sus vecinos del sur?, ¿y con sus peces?, ¿y su mar?

En nuestra cultura la implantación del plástico fue toda una revolución y también provocó en los primeros años un total descontrol. Pero aprendimos sobre la marcha y actualmente se implantan buenos sistemas de reciclaje paralelos a esta producción masiva e imparable.

Aquí, se ha originado una importación desorbitada e irremediable de productos envasados de mil envoltorios de plástico que no saben cómo gestionar. En los países de bajos recursos se ha exportado e impuesto una nueva conducta de consumo sin que paralelamente exista un plan efectivo de residuos, ni políticas de reciclaje, ni concienciación social ni mucho menos medioambiental. Esto está suponiendo una acumulación de basuras difícil de sostener. Y no saben cómo hacer frente a las montañas de plásticos que ahora se derrama en sus ciudades.

¿Por qué no educamos?, ¿por qué no ayudamos? Si nosotros estamos concienciados por fin, ¿por qué no informar a estos países que inundamos con nuestras exportaciones de plásticos, cómo hacer frente a estos residuos de una forma sostenible?

Las Dos Estaciones

Si Vivaldi hubiese nacido en un país tropical, no habría podido componer Las Cuatro Estaciones. La composición sólo habría tenido una brusca transición entre las dos únicas estaciones que reinan en países como Camboya. ¿Con que estación habría empezado la sinfonía? ¿Con el silencio cansado de los árboles aplastados contra el suelo resquebrajado, o con el estrépito de las lluvias torrenciales que inundan los arrozales?

Estamos en el tercer mes de la época seca y las temperaturas irán aumentando hasta el mes de abril. Hemos salido de las planicies del Mekong para subir a las montañas que lindan en el norte de Camboya con Vietnam. El paisaje se ha vuelto más ondulado, menos poblado, y con una flora más densa y seca. Los árboles parecen a punto de derretirse por el calor. Las copas son más ocres que verdes y la quema intensiva del sotobosque no ayuda en absoluto a mantener la humedad del suelo ¿Por qué arrasaran de esa manera con el fuego los árboles y los bosques de bambú? Hemos recorrido las carreteras de esta región perseguidos por una nube de polvo, y quilómetro tras quilómetro, el humo gris, la ceniza negra, los troncos caídos y las hojas secas han sido las paredes de un pasillo desolador. Tantos años para crear vida, y en unas pocas horas desaparece de la faz de la tierra. Son bastas extensiones sin ningún tipo de control que serán convertidas en plantaciones. Son tierras libres para la explotación, para aquel que quiera explotarlas. El camino que las atraviesa es una larga herida de arena, preludio de lo que serán estas tierras para los hijos del presente.

En la época seca Vivaldi habría utilizado muchos tambores y violines con acordes agudos que habrían agrietado la tierra. Los camboyanos, sin embargo, utilizan las guitarras eléctricas para animar sus fiestas. En estos meses áridos miles de jóvenes contraen matrimonio. Ya se ha recogido la última cosecha de arroz, y con los graneros llenos los padres del novio pueden pagar la dote. En las ciudades, sin miedo a que la lluvia agüe la fiesta, se ocupa una calle para hacer el festín. Se montan las mesas, el escenario, la cocina y la puerta adornada con flores para la recepción de los invitados. Las bodas duran 3 días para que los invitados tengan tiempo de conocerse.

Durante este mes sin nubes en el cielo hemos conocido sólo una de las dos caras de Camboya. Hemos visto como muchas pagodas mudan sus intrincados tejados, como se construyen sobre zancos nuevas casas, como el enorme Mekong baja desinflado, y como la tierra con su tez vieja se abre en mil pedazos. ¿Cómo será la Camboya al otro lado del año?

Robiol.

El latido del Tonle Sap

El Lago Tonle Sap es el Corazón de Camboya. Se podría decir que late según la presión arterial del Mekong, nutriendo de vida a todo el país.

Esto es debido a que, en época de lluvias, el Mekong baja imponente -alimentado por las nieves fundidas y los intensos monzones del norte-, y en su confluencia con el Rio Tonle Sap, su inmensa fuerza y presión provoca que éste invierta el sentido de sus aguas y las dirija en dirección ascendente, desembocando en el Lago y provocando que éste se hinche y se desborde inundando más de 12.000km², aportando una extraordinaria riqueza y un diverso ecosistema. En la época seca, ocurre el fenómeno contrario, el Mekong baja su presión arterial y es entonces el Lago el que nutre al Rio, vaciándose, contrayéndose y encogiendo su tamaño hasta tan sólo 2.500km².

De esta forma, cada año, el Lago se expande y se contrae en un único y descomunal latido y convierte a Camboya en el único país del mundo que posee un corazón, que además de gigante, es líquido.

Rajol.

Las Arcas de Noe del Mekong

La provincia de Kompong Chan tiene una pequeña isla, llamada Koh Paen, que se aferra a las profundidades fangosas del gran Mekong. En época de lluvias queda aislada y sólo es posible acceder a ella en Ferry. En la época seca en cambio, sus pobladores se afanan cada año en construir un largo y resquebrajado puente hecho de cañas de bambú. Es toda una ceremonia en la que todos participan y compiten. Este puente es una mano tendida a la persistencia.

Tras pasar el puente haciendo equilibrios, sintiendo las ruedas de la moto crepitar, nos encaminamos a unas pequeñas cabañas de caña dispersas en la orilla. De apariencia destartalada y frágil, esperan, resignadas a dejarse engullir por las primeras lluvias y el avance de la imponente lengua del Mekong en los próximos meses. Las gentes nos saludan desde su extrema pobreza, y sus gritos alegres se mezclan con el tintineo persistente de un martillo golpeando la madera. Tras una de las choza, descubrimos a un hombre joven que se esfuerza por tener su barcaza a tiempo. Todavía tiene que reemplazar algunas maderas rotas, reforzarlas con grandes clavos e impermeabilizar la proa. El tiempo avanza y la cuenta atrás no deja lugar al descanso, debe tener preparada su arca para sobrevivir a la crecida del rio. Cada año, con la llegada de las lluvias, el Mekong arrasará la orillas y con ella su pequeña choza, y es entonces cuando él subirá a la gran barca a su mujer, sus 3 hijos, sus gallinas y su perro, para cambiar el suelo firme por el añorado vaivén del río.


Diferencias.

Llevábamos varias horas conduciendo por una de las márgenes del Mekong, bajo un sol que se mezclaba con el polvo del camino y nos avivaba la sed en el cuerpo. Unos metros más adelante divisamos una sombrilla que le hacía sombra a uno de esos cajones de plástico naranja, que con certeza contenía dos bloques de hielo para enfriar las bebidas. Paramos la moto mientras desde la sombra se agitaba una mano que nos invitaba a sentarnos.

La mano pertenecía a una mujer que no hablaba inglés y que se excusaba en su idioma con mil sonidos ininteligibles. Entró en la casa y regresó con dos chicas adolescentes que se esforzaron con lo que habían aprendido en el colegio para comunicarse con nosotros. Rajol no se amedrentó con las dificultades y se enfrascó en explicarles de dónde veníamos y la pagoda que queríamos visitar. El público iba aumentando alrededor de Rajol, de niños tímidos que alternaban las sonrisas con caras de estupor. Me quedé absorto contemplando cómo dos culturas se esforzaban por conocerse, y en ese hilo que se tejía entre ambas parte se me fue el pensamiento hacia dentro, y recordé las palabras de un turista que habíamos conocido días atrás:

- Los camboyanos son tontos. Les dices tres veces lo que quieres tomar, y luego te traen otra cosa.

El turista, quizá no lograría a entender nunca que si hablase la lengua local, los camboyanos no tendrían dificultad alguna en entenderle. No son tontos, simplemente no conocen la lengua en la que les hablamos.

Alcé la vista. Los niños se habían acercado más a Rajol. Las dos adolescentes parecían recordar cada vez más frases en inglés y ahora eran ellas las que interrogaban a Rajol. Bajé la vista, miré la botella de agua que me mojaba las manos, le di un sorbo y me dejé llevar una vez más mientras el líquido frío me recorría la boca del estómago. Volví a aterrizar en otro recuerdo del pasado cercano. Estábamos en la orilla de un río y Rajol le preguntaba a un hombre si era pescador alzando los brazos como si sostuviese una caña de pescar. El hombre meneó la cabeza y Rajol casi al segundo se dio cuenta que en el Mekong la gente pesca con redes y no con caña, y por eso el hombre excusaba su ignorancia con gran humildad. Rajol repitió el gesto de los brazos, esta vez como si lanzase una red al agua. Ahora sí, el hombre asintió y nos premió con una sonrisa amplia que me dejo desconcertado con la cámara apuntando hacia el suelo.

No sé a dónde me querían llevar esta sucesión de recuerdos, pero sentía como un remolino por dentro que buscaba alcanzar algo. Miré a Rajol, y vi en ella a una mujer, con un cuerpo diferente al mío y esa diferencia, tan obvia, me sorprendió que fuese tan evidente. Sólo sé lo que veo, y lo que veo lo interpreto y lo proceso con mi cuerpo, con mi cerebro, pero somos tan diferentes y somos cuerpos tan ajenos que es sorprendente que podamos coincidir en este instante de tiempo y compartir este momento. Y soy testigo en este viaje de unas diferencias culturales que chocan con suavidad, porque se buscan y hay voluntad por entenderse. Cuantas diferencias entre hombres y mujeres, entre ricos y pobres, entre jóvenes y mayores, entre profesionales, entre religiosos, clientes, consumidores y pacientes. Para ser tan diferentes dentro y fuera de nuestras fronteras, o sin ir más lejos, las mil diferencias que chocan en nuestro hogar, nos llevamos bastante bien ¿verdad?

En esta silla, bajo el cariño de una sombra, el polvo del camino se levanta con el paso de los vehículos de dos ruedas. Este paisaje tan diferente, tan lleno de detalles fascinantes, me infunde esperanza y optimismo para seguir el viaje sin temor a tantas diferencias y sin olvidar las consecuencias de no querer entender ¿Seguimos?

Robiol.

F o T o S CAMBOYA...




Estigmas en pijama.

Cuando recorres las calles de Phnom Penh hay muchas cosas que te llaman la atención. Pero tras los olores agrios e intensos, las casas destartaladas y los sombríos mercados exóticos, siempre encuentras los ojos penetrantes de una mujer vestida con pijama. Las ves comprando indiferentes, paseando, esperando el paso de un tuc tuc, con sus pijamas de cuadros, de rallas, de ositos. Es algo habitual, pensé. Pero a veces el comportamiento inusual de tantas personas, encierra algo oscuro. La respuesta estaba escrita en el verso de un amargo poema que leímos en el Museo del Genocidio (http://www.tuolsleng.com/).

Los pijamas del pasado siguen paseándose por las calles. Entre 1975-79, Camboya sufrió el más terrorífico exterminio de su historia perpetrado por Pol Pot. El líder del Khmer Rojo quiso instaurar una utopía agraria a través de un ultra comunismo devastador que acabó con cualquier vestigio de progreso: destruyó escuelas, quemó ministerios y demolió bancos, amontonó montañas inertes de autos, abolió el sistema monetario, suprimió la prensa, el arte, la música, la religión. Separó familias y colgó un número anónimo al cuello de cada superviviente, los vistió con los mismos pijamas negros y los arrastró al campo a sembrar arroz. Torturó salvajemente, masacró y arrojó a los pantanos a cualquier pensamiento crítico que pudiera significar una amenaza, es decir, cientos de miles de intelectuales, médicos, políticos, profesores, monjes... Este fanatismo hundió en las tinieblas a un país conmocionado durante 3 largos años, 8 meses y 20 días. Más de 1,7millones de personas perecieron.

Lo que hace algunos años fue una noticia anecdótica de prensa sobre un anónimo genocidio en un destino exótico, ha resultado ser, in situ, una fatal pesadilla.

El horror acabó hace tan sólo 30 años. El país ha emergido rápidamente entre las nuevas tecnologías, las marcas y la ley del libre mercado. La gente joven representa una nueva generación dispuesta a abrir camino al progreso de un país demacrado por la tragedia.
Y la sonrisa es su mejor tarjeta de presentación.

Rajol.

Carrera de obstáculos en Phnom Penh.

Alquilar una moto por 5$/24 horas es relativamente fácil en Phnom Penh, lo difícil es llegar vivo a última hora de la noche.

La polución asfixia tus pulmones, y las locas carreras de semáforo a semáforo perseguidos por decenas de Hondas pegadas a tu rueda de atrás te ponen la adrenalina a mil. Tras la cuenta atrás de cada semáforo, se esconden 3 o 4 policías que, porra en mano, te señalan desde lejos para apartarte temporalmente del Grand Prix. Al 3er semáforo nosotros ya habíamos hecho el primer “game over”. Robiol, entusiasmado, se saltó un semáforo en rojo, y nos señalaron la cuneta. Al pedirnos la documentación, nos dimos cuenta que no llevábamos Pasaportes ni Permisos de Conducir, o sea el pleno. Sólo nos faltaba un control de alcoholemia positivo. Aún así, una multa que podía haber sido de 300€ en España, resultó ser de 15$, pero aún así nos hicimos los ofendidos, y regateando descaradamente conseguimos rebajarla a 5$. Esto en España hubieran sido 500€ más por intento de soborno, pero aquí es una divertida forma de que te dejen marchar.

Y así continuamos nuestra aventura esquivando a las raídas tuc tuc, los viejos ciclos pedaleantes y adelantando a camionetas cargadas de chatarra, eso sí, sin dejar de sonreir a nuestros más acérrimos competidores. Un par de derrapes peligrosos, unos cuantos frenazos manuales de chancleta, último acelerón y… ¡Misión cumplida! Atravesamos la línea de meta sin un solo rasguño.

¡Medalla de plata en su deporte nacional!

Rajol.

Los monologos de Didier.

En seguida os dejamos con Didier, pero antes sólo unas palabras para ponernos en situación. Son las 8 de la mañana y estamos desayunando en un pequeño bar de la calle 93 de Phnom Penh. Dos tés con leche y dos bocadillos de tortilla con verduras. Nos ponemos a leer y de repente:

- Españoles?

Aparece una voz detrás de una cortina de humo

- Me encanta el español. Mi abuela es española, y los veranos siempre en España con mi abuela. Por eso yo hablo español.

Le da otra calada al cigarrillo…

- Sí, sí, vivo aquí, desde hace 3 meses. Soy de Bélgica y allí, uff… muchas cosas, mi exnovia, mi trabajo… Pero ahora estoy aquí, y ves? ves? Estás manchas de pintura en mis pantalones no son porqué sí. Estoy montando mi propio restaurante. Poco a poco con mi novia que es de aquí.

El cigarrillo vuelve a su boca y sus palabras se escriben en el aire entre gestos airados…

- Está quedando muy bien. Por dentro es de color naranja, para crear buen karma y hacer que la gente quiera entrar. Se llama Hippy Dayz. He puesto una “Z” en vez de un “S”, para que la gente sepa que en mi bar se puede fumar Bang. Bang? Ya sabes, marihuana. La Z es como dizzy (mareado), para que la gente sepa que en mi bar no hay problema.

La colilla del cigarrillo se estrella en el cenicero y en seguida prende otro…

- La calle 93 está protegida. Esto no es Tailandia, donde te puedes meter en problemas. Aquí en la calle 93, los locales pagan 10$ al mes para protección. Y por Camboya puedes viajar con un kilo de marihuana sin problemas, verdad amigo?

El propietario del bar le mira sin entender, y finalmente contesta sonriendo:

- Big problem marihuana…

- Tu que vas a saber si nunca sales se aquí. Camboya mucho cuidado con las armas. Aquí todos llevan armas. El otro día un Tuc Tuc chocó contra el coche de un abogado, por la noche. Del Tuc Tuc dos hombres salieron con pistolas, pero el abogado tenía una jodida G800, no sabes? Joder tío esas armas sólo las llevan los agentes de la CIA, y pasan los controles del aeropuerto. Aquí se maneja mucha pasta.

- En la calle 93 se puede fumar marihuana… Perdón…

Didier se levanta de la silla, y para al monje budista que pasa por la calle. Se quita la gorra, se saca un billete de 10.000 rieles y lo introduce en el jarrón de ofrendas del monje. Se agacha ante sus pies y este le bendice con un cántico. Acaba el acto, el monje se va y Didier vuelve a su silla y le da un sorbo al café y una calada al cigarrillo que descansaba en el cenicero. Como si nada hubiese ocurrido, continúa:

- Está el Happy Happy, el Lucky Lucky… allí hay buena marihuana, y no hay problema. La policía sólo cobra 40$ al mes, y el dinero les va muy bien. Mi novia gana 100$ estampando camisetas y hay que dar dinero a los policías. Aquí todos amigos. Pero no se te ocurra fumarte un porro por la ciudad porque entonces tienes problemas.

El cigarrillo vuelve a posarse en su labio inferior, segundos en los que reina un silencio artificial…

- Aquí pasan cosas que me dan mucho miedo. Por la noche si alguien se mete con tu novia y le matas, puedes tener problemas porque no hay testigos. Esto es como el Far West tío. Si matas a alguien durante el día para defenderte, entonces no hay problemas porque hay testigos. A lo mejor tienes que pagar 2.000$ para que la policía no te moleste mucho. En Tailandia todos llevan pistolas enorme, pero aquí no.

Rajol me lo dice todo con la mirada, y yo asiento como para confirmar que este personaje vive una Camboya que nos queda muy lejana…

- El otro día pasé mucho miedo, porque había unos policías borrachos que sacaron sus pistolas y las movían por el aire. Y las pistolas no tenían el seguro puesto, porque yo lo ví que no lo tenían puesto. Luego del otro lado de la calle apareció uno con un machete y recorrió la calle rasgando el suelo con la punta, y todos se apartaron.

- Hablo mucho, lo siento, es que me gusta el español. El francés no me gusta, y cuando me hablan en francés yo contesto en inglés. El español y los veranos con mi abuela, me gusta…

Colocamos los puntos de libro en la misma página donde habíamos empezado a leer. Didierr seguía hablando, mientras nosotros ya llevábamos varios intentos de evasión. Pagamos al propietario que seguía sonriendo, y regresamos a Camboya, a la de los niños vendiendo libros y a la de los conductores de tuc tuc gritando a los turistas desde el otro lado de la ciudad.

Robiol.

Phnom Penh

Todas las mañanas, al despertar con el primer guiño de luz, Pho aun puede oír los cacareos de los gallos de su infancia, sobre el silencio de una ciudad que se asomaba puntual al filo de un nuevo día. La costumbre de muchos días guía sus pies desnudos a través de la oscuridad, pisando allí donde la madera cruje sin grandes estridencias. Su mujer, su madre, su abuelo, sus 5 hijos y un primo que está de visita, siguen durmiendo. Consigue sortearlos sin gran dificultad y desaparece por la cortina que separa el dormitorio comunitario de la sala donde se hace todo lo demás. La parte trasera de la casa se asoma al lago Boeng Kak, una masa de agua verde en medio de la ciudad, donde los mosquitos se multiplican por millones y los peces se confunden entre la basura, los excrementos y sus propios muertos. Pho se encarama al borde de un tablón y se asea. Al lado del altar está su uniforme de guardia de seguridad, que desengancha de la percha para vestirse. Antes de salir coloca dos barritas de incienso ante el pequeño buda y se arrodilla ante él para hacer sus plegarias.

Sale de casa y atraviesa una calle oscura con montoncitos de basura cuidadosamente apilados. El billar dónde pasa las tardes apostando con los amigos está sin público y el suelo aún está pintarrajeado con cruces rojas y blancas de partidas de 4 en raya que hacen los conductores de Tuc Tucs para matar el tiempo sin clientela.

Los pequeños comercios de su barrio aun no han abierto, pero la moto con su cafetería como sidecar ya tiene los fogones calientes y el vendedor se nubla tras la cortina de vapor.

A dos esquinas de su casa sus pasos le llevan a Moulevard St, una calle de seis carriles cargada de motos, tuc tucs, coches y bicicletas. La recorre mirando hacia atrás, buscando el improbable hueco en el tráfico por donde se pueda colar para cruzar al otro lado. Alza la vista y sus ojos se dilatan para poder digerir el primer rascacielos. Siente de repente una gran angustia, un recelo que no sabe si viene de ese mundo de gigantes o de su mundo de polillas nocturnas y tablones de madera. Se estira la camisa del uniforme gastado para infundirse seguridad y derecho para acceder al mundo de cristal donde trabaja.

Atraviesa una avenida de bancos que se suceden a ambos lados, dividida por frondosos árboles que refrescan el aire del sol del medio día. En el mercado central ve como las mujeres preparan el pescado que sus maridos han traído del Mekong y siente en el vaivén de la gente que ha vuelto a su mundo. Pero sólo a una manzana vuelve a sentir el destierro mientras se acerca a la entrada del centro comercial donde pasa las jornadas de trabajo que le permiten juntar unos pocos dólares a final de mes.

Ya en el interior de la pecera saluda a los compañeros que han hecho el turno de noche. El aire acondicionado le susurra placeras al oído que le llevan a las fantasías de todos los días. Trabaja en la tercera planta, al pie de las escaleras mecánicas. Pocas veces hay altercados y si los hay todo se resuelve discretamente para no perturbar a los clientes. A veces se le acerca algún turista despistado que le hace sonrojar cuando le habla en inglés. El turista se acaba yendo con una sonrisa que acaba en mueca, y él se queda absorto con el parloteo de la radio y las agujas del reloj.