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Condorito

Condorito es chileno, aunque algún argentino despistado lo hace de su patria. Lo descubrimos en un kiosko de Perú, pero se puede comprar en prácticamente toda Sudamérica. El primer ejemplar me encantó (edición especial, colección 2009), pero me soprendió cómo el segundo que adquirimos (edición normal) me quitó las ganas de seguir leyendo. Rajol dice que estos tebeos, ni son tan buenos ni son tan malos. De una forma u otra, Condorito ha sido compañero de viaje en las largas horas de autobús.

Si queréis curiosear las ocurrencias de este pajarraco, ahí van un par de link y viñetas:

Historia de Condorito

Página oficial de Condorito

Las princesas de la región de AREQUIPA.

Todavía en la actualidad, en las zonas más rurales del Perú, las mujeres visten de forma tradicional y diariamente se afanan sumidas en sus quehaceres más rutinarios, vestidas de forma exquisita con sus trajes centenarios, llenos de color, y de ricos bordados.

Las mujeres de Arequipa, en especial, parecen princesas desheredadas. Princesas de voluptuosas faldas aterciopeladas, princesas de corpiños bordados con mil filigranas, chalecos y puños tupidos grabados, princesas que se tapan del duro sol con delicadas chalinas y sombreros de tela rebosantes de colores y estrellas. Vestidas como princesas, vagan solas por las calles polvorientas de los pueblos perdidos de Arequipa.

Las ves diariamente arrastrando sus pies invisibles bajo las densas faldas cuando llevan el rebaño de ovejas y burros a los pastos con su cetro convertido en vara de caña; o bien cuando se encogen e inclinan su espalda orando hacia la tierra que labran; o cuando cargan pesados fardos anudados a su espalda transportando maíz, frutas o hierbas aromáticas; o cuando tejen delicadamente en sus telares de araña o venden sus artesanías en los mercados de cualquier aldea. A menudo llevan chiquillos mugrientos agarrados en silencio a sus faldas o cargados inmóviles sobre su espalda. Su rostro enjuto y moreno destaca sobre el cuello blanco y elegante de sus vestidos, sus manos agrietadas y venosas sobresalen de esos puños tan exquisitamente bordados. A veces, las faldas están salpicadas de manchas y rotos, pero no importa, nunca fueron llevadas con tanta dignidad. ¡Lucen tan bonitas!

Son princesas de otros tiempos, princesas desheredadas, fieles a una tradición que hace cientos de años fue impuesta. Y mientras, desde este otro lado de la memoria, nosotros las miramos absortos, incrédulos.

Ellas muestran la fidelidad, la cultura; en cambio, nuestra historia, implacable, muestra la crueldad del olvido.

Rajol.

Ruta por El Valle y el Cañon del Colca.

Para llegar al Valle del Colca, has de recorrer en bus un trayecto de cuatro horas por una solitaria carretera y atravesar el Páramo de Cañahuas, a unos 4.000 metros de altura. Cuatro horas en las que recorres una extensión infinita de desierto de polvo volcánico sembrado de toscas piedras, cactus y dunas petrificadas bajo un sol aplastante. Allá a lo lejos se dibujan las cumbres nevadas del Sabancaya y el Hualpahualpa, asomando entre las ardientes dunas, y no puedes evitar un escalofrío ante dos visiones tan opuestas. Al final del trayecto la pampa se ve salpicada de verdes humedales, como la laguna de Salinas, donde pacen vicuñas y alpacas, ajenos al ronroneo de los pocos motores que crepitan desde la carretera.

Decidimos dejar atrás la ciudad de Chivay y quedarnos en el pequeño pueblo de Yanque, para después llegar hasta Achoma y Pinchollo caminando. Estos pequeños pueblos son un puñado de grises casitas de adobe que se aplastan contra el suelo con brillantes tejados de zinc. Las calles están cubiertas de polvo y piedras. Son pueblos solitarios que aprecen abandonados hasta que sus gentes regresan de las chacras al atardecer. A la humildad y desamparo de las casas agrietadas, se contraponen las siluetas de las magníficas iglesias que emergen en las plazas apuntando al cielo, de piedras blanquísimas, despropor-cionadamente grandes por fuera, pero huecas y sencillas por dentro.

En Yanque, el primer pueblo del Valle del Colca, nos quedamos un día entero. El paisaje que rodeaba la pequeña aldea nos impresionó. Todas las montañas están trilladas de incontables terrazas agrícolas hasta perderse en las profundidades del valle. Estas terrazas arañadas en la tierra son antiquísimas, del periodo pre-inca de los kolawas (1.200 d.C), pero hoy en día se siguen cultivando como antaño. Están dispuestas en forma de anfiteatro para aprovechar mejor el agua de las lluvias y evitar la erosión del suelo. Visitamos las ruinas de Uyu Uyu, a 5km del pueblo, una antigua aldea kolawa (pre-inca), con una curiosa historia: cuentan que “bajo el mandato del virrey español Toledo, que creó las “reducciones de indígenas” para los trabajos forzados, la aldea fue quemada por completo con todos sus habitantes dentro por el Capitán Lope de Suazo. De esta cruel masacre, quedó sólo un sobreviviente al que se le apareció la imagen del Señor de la Exaltación, y en sus intentos de trasladarla a Yanque, la imagen desapareció para siempre, dejando una maldición eterna para las gentes que allá quedaron: la planta sagrada de la coca se convirtió en espina, y toda el agua se secó, quedando tan sólo un pozo para los pajaritos”. En la actualidad, todo el valle es un entramado de canales que dan de beber a ese campo que quedó maldito y sediento.

Aparte de Uyu Uyu y las terrazas, Yanque es peculiar por sus Baños de agua caliente que provienen de una grieta en la montaña, próxima a un geiser natural, que provee las piscinas de agua y las mantiene a 35º. Allá bajamos al atardecer, junto con una docena de lugareños, a relajarnos viendo ascender la luna.

Al dia siguiente, sobre las 6.00, nos encaminamos hacia Achoma (8km), que resultó ser un pueblo casi idéntico a Yanque, tanto por sus polvorientas y grises casitas, como por los alrededores de montañas arañadas por las antiguas terrazas. Desde el alto mirador de la Cruz, si miras a tu derecha, puedes deslumbrarte con el brillo de sus ordenados tejados de zinc, y si volteas a tu izquierda, el valle quebrado por el Colca se desgrana en innumerables y verdes terrazas.

Desde Achoma, bus a Pinchollo, que tardó más de 2 horas en llegar, y que nos permitió conocer a Robert y con el que aprendimos algo de la jerga popular peruana, como, ejem: “arráncate!, mi chocheera, mi pata, es chévere, es baaacal”. Cuando llegamos, ya era noche cerrada, y nos asustó no encontrar alojamiento ni comida, ya que cuando llegamos al minúsculo pueblo estaba completamente a oscuras y las pocas sombras de la plaza a las que preguntábamos sólo nos lanzaban evasivas. Por fin, conseguimos cama, y una cena, en compañía, a base de sopa de maíz y arroz por 1 sol (0,20cc!).

A la mañana siguiente, vuelta a caminar 2 horas por “pura carretera nomás” hacia la Cruz del Cóndor, un mirador en plena falla del Colca donde, desde muy temprano, puedes observar el vuelo de estos enormes pájaros. Desde este lugar, puedes divisar casi en su total extensión, el Valle del Colca, que se asienta en una de las fallas de la corteza terrestre más profundas de la Tierra. Es una herida abierta espectacular, de 100 km de longitud y más de 3.400 metros de profundidad, entre los impresionantes volcanes Coropuna (6.425 m) y Ampato (6.310 m). Mirar hacia cualquier dirección, te hiela la vista.

Después de ver a un par de cóndores sobrevolar las cumbres, tomamos un bus dirección Cabanaconde (pueblo al borde mismo del Cañón del Colca). En el asiento de atrás, viajaba absorto Chippy, un neozelandés que horas después conoceríamos mejor, ya que Rubiol estaba demasiado ocupado en hacer pajaritas de papel para todos los niños del autobús…

En Cabanaconde, nos preparamos para descender al Cañón al día siguiente. Pese a la insistencia de la gente para que lo recorriéramos con un guía local, decidimos hacerlo solos para ganar algo más de independencia y poder cambiar la ruta en cualquier momento.

Aquí está nuestro “detallado y topográfico” mapa de partida del Cañón del Colca:
(donde uno no sabe que es subida o bajada, y donde por supuesto, no aparecen los innumerables caminitos falsos que tuvimos que descartar!)



Empezamos a caminar sobre el borde mismo del cañón, estudiando a cada paso su profundidad, antes de precipitarnos por un descenso hacia sus abismos. Cuando bajamos los primeros 1200m por un camino zigzagueante al borde del precipicio, te da la sensación de colarte por una grieta gigantesca hasta las entrañas de la Tierra. La primera parada, después de 4 horas de bajada, fue para tocar la profundidad del Cañón en un tramo de las orillas humeantes del río Colca. Allá la grieta de la falla está abierta y el latido del planeta brota en forma de Geiser natural de aguas burbujeantes. Allá nos bañamos en una pequeña poza tibia, nacida del río y rodeada de cañas, donde se mezclaba la helada agua de lo más alto de las montañas y la hirviente y sulfatada de lo más profundo de la tierra.

Continuamos hasta Llahuar para descansar y pasar la noche, una aldea donde Yola y Claudio, alquilan cabañas de caña y camas con somier de piedra!, al borde del río Colca. La sinuosa y líquida canción del río, es el mejor recuerdo de aquella noche.

Al día siguiente nos pusimos de nuevo en camino hacia el pueblo de Llatica, desviándonos esta vez por el río Huaruro. El tañir de las campanas a toque de piedra en una triste melodía, nada más atravesar sus puertas, nos recordó que era 1 de noviembre, día de Todos los Santos. (Es una sensación extraña darte cuenta de que es fiesta en tu país, pero la distancia la ha borrado de tu calendario). Después de que unos aldeanos nos indicaran cómo continuar nuestro camino, llegamos al cabo de 3 horas a Fure.

Fure es una pequeña aldea de sencillas cabañas de adobe que se asienta en la falda de una escarpada montaña resiguiendo el camino hacia la Cascada. No disponen de luz eléctrica ni agua potable, y los recursos son muy escasos ya que viven a más de 8 horas a pie de Cabanaconde. Allá Lucy, una niña dulcísima de 13 años nos recibió y nos llevó correteando hasta su hospedaje: una sencilla habitación de adobe y suelo de tierra donde pasaríamos la noche con unas velas. Queríamos acercarnos hasta la cascada (3 horas más!) así que la niña y su madre nos prepararon un rico almuerzo a base de huevos, arroz, papas y zanahoria, que nos llevamos para comer allá.

A la Cascada del Huaruro se llega por un sendero rocoso que resigue la estela del río del mismo nombre. El camino estrecho desaparece de vez en cuando sepultado por desprendimientos que hacen vomitar las montañas. Cada vez que salvas uno, caminando de puntillas por las afiladas rocas despeñadas con sumo cuidado y en absoluto silencio, observas de soslayo, algo más arriba, las descomunales rocas que no cayeron y que descansan a pocos metros como auténticos gigantes dormidos a punto de despertar y arrojarse al vacío. Entonces, en un recodo del camino la descubres de lejos, majestuosa, la Cascada. Está enfilada en una gigantesca pared de piedra, desde donde se precipita impune. Según te vas acercando, deseas tocarla, llegar a ella, pero el estruendo de sus aguas al caer te ensordece y una nube de gotas agua helada te hace estremecer. Es un Santuario natural. Todo lo que te rodea simplemente, te empequeñece. Te sientes tan vulnerable y frágil, que a los pocos minutos, sientes la necesidad de respirar hondo y encontrar tu camino de vuelta a la humanidad.

Nos despedimos de Fure a la mañana siguiente, después de tomar unos panqueques riquísimos y té de moña (hierba luisa). 5 horas más de caminar hasta el Mirador Apacheta sembrado de cactus y llegar a las terrazas de Malata, para descender después hasta el Oasis de Sangalle. El camino ese día fue duro, labrado en la roca, sólo acompañados por el vuelo sigiloso de algún águila en el cielo, y el saltar al precipicio de las lagartijas suicidas que moran los ribetes del seco camino.

La llegada a Sangalle la celebramos con un baño en la piscina de agua natural y un buen almuerzo de arroz con palca (aguacate). Allí conocimos y cenamos con David ;) para regresar al día siguiente muy temprano, por una empinada subida de vuelta al mundo, al punto de partida, Cabanaconde.

Rajol.

El cambio climático en los Andes del MACHU PICHU.

El Cuzco es una ciudad preciosa, enclavada en el corazón de los Andes tropicales, que son el centro del origen de la biodiversidad del Perú. Es aquí donde se generan la mayoría de ríos que desembocan en las cuencas del Pacifico y del Atlántico. Es también donde se hallan los humedales más numerosos (más de 2.000 lagunas), los más extensos pastos y los yacimientos minerales más importantes. Desde tiempos inmemoriales se han usado en estas tierras sistemas de cultivo como terrazas, andenes, y centros experimentales agrícolas como el de Moray.

Sin embargo, debido al cambio climático, los glaciares de esta zona han experimentado un retroceso del 22% y este tremendo fenómeno de deshielo está provocando actualmente corrimientos de tierras, deslizamientos y erosiones, lo que supone una importante pérdida de suelos fértiles y cosechas; con el consiguiente impacto en la economía de los pueblos más rurales y dependientes del cultivo. La zona de los altos Andes es la más vulnerable ya que, según el INEI (2008), representa casi el 30% de la población peruana en extrema pobreza y el 60% en situación de pobreza, y es en estos pueblos donde se agudiza el problema. De esta forma, el cambio climático está provocando un efecto fatal en los recursos hídricos, en la desaparición de los glaciares de la zona, y consecuentemente un impacto grave en las economías de estos pueblos, extremadamente humildes y dependientes del medio rural.

Se observa en la zona andina, sobre todo, en las altísimas montañas que rodean al Machu Pichu, como no quedan apenas glaciares, como los valles se quedan áridos, después de cientos de años de cultivos intensivos, y cómo la gente de la zona te explica que dentro de, quizás 15-20 años, ya no corran ríos por las montañas. Conociendo el efecto y las consecuencias, deberían de acometerse programas de adaptación a este cambio climático (que podría ser irreversible), para proteger la economías del medio rural, reforestando y recubriendo de vegetación los valles para que el agua no se pierda, sino que se retenga y penetre en la tierra, y con ello crear humedales que favorezcan la fertilidad de unas tierras que se ven amenazadas actualmente por la erosión y la aridez.
Rajol.

MACHU PICHU: Un gran hormiguero.

Son las 6.00 a.m. y los 3 -¡¡Marta ya está con nosotros!!- esperamos ávidamente el desayuno en nuestro hostal Arco Iris. Un bus, que nos espera en la Plaza de Armas de Cuzco, nos llevará hasta el km 82, punto de partida de la gran travesía del Camino Inca. Antes pararemos en Ollantaytambo para proveernos de gorras, ponchos y hojas de coca.

A partir de aquí, no hay tregua. Cuatro días de intensa caminata por el Camino Inca, en los que “el equipo” comparte camino con 14 incansables porteadores que cargan con los víveres necesarios y las carpas, y 470 personas más. A la pesadez de las empinadas e interminables pendientes, súbitos tropezones, y nuestro lento arrastre de pies, se le añaden las explicaciones improvisadas de nuestro guía Juvenal (-¿Me dejo entender?-), y las risas con Mary, Pablo, Rafa, Tomas y Pilar... menudo grupito castellano-parlante nos hemos juntado..!

Es un camino duro y polvoriento al principio, pero bellísimo y salvaje al final de la travesía. Su recorrido está salpicado de varias construcciones incas, de las que poco se sabe, ya que pueden ser cosas tan dispares como ciudades perdidas, o “chasqui-wasis”*, o “tambos”,** o templos de sacrificio, o incluso importantes centros de administración, según nuestro erudito guía.
(… MacDonals no, Ignasi.)

Al llegar al campamento, exhaustos, invadimos rápidamente la carpa-comedor, nos bebemos en silencio la sopita, nos comemos el arroz con X, apuramos nuestro “matesito”, y ..¡listos para un Handy Hand!, o simplemente pasar el rato charlando.

Y, a pesar de andar apurados de agua potable y dinero (primera vez en mi vida que necesitamos llevar tanto dinero para un paseo por la montaña!), del frío, del miedo a morir despeñados por los abismos, de los gatorades caducados, del miedo a los fantasmas violadores nocturnos, de aguantar himnos futboleros argentinos, ejem, y de carreras alocadas de último día… para no llegar a tiempo a la cola del Huayna Pichu…

A pesar de todo, …chic@s, gracias de corazón a todos,
... lo hemos pasado GE NI AL!!

*chasqui-wasis: Lugar donde se reunían, relevaban, o descansaban los mensajeros incas.
*tambos: Lugares o residencias de descanso.
Rajol.

Autobuses nocturnos

Tenemos que correr. El tiempo se nos ha echado encima y estamos rodeados de montañas que se retuercen en valles que hacen las distancias larguísimas. Nos quedan 4 días para llegar a Cuzo y nos separan tantas horas de autobús que no tenemos más remedio que salvar el tramo Lima-Cuzco en avión. Esta noche estamos en Cajamarca y hemos decidido hacer nuestro primer trayecto nocturno hasta Trujillo, hacia la costa, donde la Panamericana nos permitirá llegar a Lima en una noche más.

Los pistones vacilan antes de que el conductor consiga despertar al motor. Nos deseamos las buenas noches, reclinamos los asientos y nos vendamos los ojos para dormir hasta nuestro destino. Entramos en un traqueteo de sueños interrumpidos y reales, de experiencias vividas que se mezclan con estos paisajes. Dormimos un sueño ligero, con el periscopio atento a la superficie. Una voz se cuela por la mirilla y baja por el oído. Es más fuerte que el vaivén de los baches, de los cláxones de vehículos que se cruzan. Despertamos a la vez y ajustamos los sentidos. Ahora el grito tiene palabras:

“Pare, pare, nos vamos a matar.”

Nos miramos sin entender, y es otro pasajero el que ahora grita que hay un abismo. El autobús se para. Los pasajeros murmuran mientras el conductor y el revisor salen del autobús para comprobar algo. Detrás de la cortina y del vaho de la ventanilla solo hay una oscuridad inmensa. Una pasajera llama a la policía. No tiene buena cobertura pero nos da para entender lo que sucede. Las luces del autobús no funcionan. El autobús arranca y los pasajeros indignados vuelven a protestar contra el conductor que conduce a ciegas. Alguien vuelve a gritar que nos van a asaltar, que nos vamos a despeñar, que vamos a chocar contra un vehículo que venga de frente. Está cundiendo el pánico. Nosotros nos quedamos a la expectativa. Parar allí en medio y apearse puede ser tan peligroso como conducir por la pista de tierra que se abre entre las montañas.

Hay pasajeros que se levantan nerviosos. El autobús avanza. Nosotros optamos por convencernos que el conductor sabe lo que hace. Poco a poco las voces van desapareciendo, bajamos el periscopio y volvemos a sumergirnos en el mundo de los sueños.

6 horas más tarde llegábamos a Trujillo, sanos y salvos, y con nuestros vecinos de butaca decepcionados por sentir que sus quejas y bramidos no habían sido justificados.

Robiol.

La civilización pre-inca de los CHACHAPOYAS.

Pieles blancas, cabellos claros y estatura extraordinaria.


En quechua: “sacha” es árbol y “puyu”, nube. La unión de estos dos vocablos da lugar al nombre de la tribu de los “bosques nublados”, pues allá, en lo más alto de las crestas de los cerros, fue donde se establecieron por el año 800.

Su arte, su arquitectura, su resistencia heroica ante los incas, y su excitante veneración por los muertos expresa un espíritu audaz e independiente que los diferencia del resto de civilizaciones andinas. Rastros de esta cultura se encuentran dispersos por las verdes montañas nororientales de Perú, entre el rio Marañón y el Huallaga. Algunos vestigios han sido descubiertos hace muy poco; otros muchos, todavía, son un completo misterio.


Por ejemplo, el asentamiento chachapoya más importante fue descubierto por casualidad en 1843, cuando un juez subió con un metro hasta lo alto de un cerro, cubierto de maleza, lianas y orquídeas, para solventar una repartición de tierras que enfrentaba a los pueblos de Kuelap y Tingo, y se encontró con un enorme poblado fortificado! 150 años después, los arqueólogos sólo han sacado a la luz un 10% del total de la fortaleza encontrada. Fue un asentamiento impresionante, con una muralla de 1,5km de longitud, muros de 20m de altura que albergaban a más de 400 casas, donde la élite chachapoya residía y se protegía ante posibles ataques, abastecidos de agua y víveres por el pueblo que vivía paganamente en el valle. Vivían en casas de piedra caliza, sin apenas ventanas, y de forma circular (probablemente para evitar los seísmos), cuyo suelo y paredes albergaba a sus propios muertos más queridos momificados (todavía se pueden ver los huesos lapidados entre los muros) con los que convivían y a los que confiaban la vigía de la morada, cuando estaban ausentes.



Se han localizado otros asentamientos más pequeños de tan sólo 30 o 40 estructuras, sin aparente organización, pero todas con sus característicos frisos geométricos adornando sus paredes, y que podrían asemejar formas de ojos:










, estas formas simbolizan, según la cosmología andina, la unión de los 3 mundos: el terrenal, el subsuelo y el cielo; además de marcar tres niveles jerárquicos con las 3 lineas superpuestas <>, que representan, por orden: la tierra (y su animal sagrado, la serpiente), el hombre (el puma), y el cielo (el cóndor). Parece ser que muchos kurakas o hechiceros de la tribu eran representados por felinos (pumas), como animales sagrados que tenían el poder de unir la tierra y el cielo.


Tambien la arquitectura funeraria chachapoya es espectacular y muy sofisticada, pero por desgracia, pocos lugares han sobrevivido al saqueo vandálico de los huaqueros de todos los tiempos.


Hay varias estructuras por la zona nororiental, pero nosotros decidimos visitar las chullpas alineadas y adosadas en acantilados inaccesibles de la Laguna de los Cóndores -descubiertas por unos peones al azar ¡hace tan sólo 12 años!-, que contenían más de 200 fardos funerarios de momias y multitud de ofrendas de cerámica y madera. Fue increíble comprobar el estado de conservación de los muertos gracias a estar colocados en lugares estratégicos con un microclima seco y frío que favorecía su buen estado. No eran embalsamados, sino que trataban la piel como cuero después de ser vaciados, los rellenaban de algodón y posteriormente los colocaban en posición fetal envueltos en múltiples capas textiles, para reducir su espacio y facilitar su transporte.


Lo que para nuestra cultura podría resultar incómodo e incluso repugnante, los chachapoyas lo hacían con sumo respeto, cuidado y extremo mimo, y reservaban los mejores sitios para tener cerca a sus muertos. Algunos dentro de sus casas, bajo su mismo suelo. Otros, entre sus paredes - ¿por qué tener miedo a un familiar querido?-. Y otros en lo alto de los riscos, con vistas espectaculares a la gran laguna azul donde podían reflejarse sus almas día tras día, y donde se les daba la posibilidad de volver a su “pacarina” (o lugar de origen*), porque, al fin y al cabo, todo final no es más que un inicio.


Actualmente sus sagrados restos, después de más 500 años ocultos por una vegetación aliada, han sido descubiertos y arrancados de sus lugares de descanso. Y ahora, sus momias gritan en silencio tras las vitrinas de cristal de un pequeño y oscuro museo.

Rajol.


*Los antiguos peruanos creían que los primeros habitantes de sus pueblos surgieron de las pacarinas (cuevas, lagos, lagunas o manantiales) por orden de los dioses, especialmente Wiracocha. Antes de ser humanos habían sido piedras o rocas del uku pacha (mundo subterráneo) y a través de las pacarinas salieron a poblar el kay pacha (superficie terrestres). En otras palabras, la pacarina es el lugar de origen mítico de los pueblos andinos. Era un lugar muy sagrado para los indígenas quienes le rendían culto y dejaban ofrendas.

SOS: La Laguna de los Cóndores

1200 d.C. Los Chachapoya

La civilización Chachapoya es uno de los misterios más recientes del Perú y las interpretaciones de historiadores, arqueólogos y antropólogos están poco debatidas como para darlas por ciertas. Dicen los pocos libros sobre el tema que los Chachapoya emigraron desde Colombia hace muchos años, y que en una de sus expediciones dieron con lo que hoy conocemos como la Laguna de los Cóndores. Este paraje se ubica hoy en día a 36 kilómetros de la electricidad, la televisión y el dinero, y ello ha contribuido enormemente, al mismo tiempo, a su saqueo y conservación.

La sensación que se siente después de muchos kilómetros de barro, cerros, piedras afiladas y bosques viejos debió ser la misma que sintió el primer Chachapoya que alcanzó el lugar. La laguna es un espejo negro enmarcado por montañas puntiagudas donde la vida se superpone y se apelotona formando una selva espesa. Las plantas crecen unas sobre otras buscando la luz que monopolizan los árboles más altos, que a su vez, se pudren lentamente por los líquenes y musgos que devoran sus cortezas. La laguna, además, es rica en truchas y hoy las pescan los poco más de cien turistas que suben hasta aquí anualmente.

El acceso a la laguna se realiza por una planicie que se alza vertical sobre el inmenso depósito de agua. Los Chachapoya construyeron aquí una urbe con más de 130 casitas redondas de tejado cónico, que se distribuían sobre la superficie de forma orgánica. En el lado opuesto de la laguna, dispusieron sus mausoleos, buscando el refugio de las rocas verticales con techos desplomados, que los protegían de la lluvia y los animales. Sus difuntos eran momificados con las rodillas y brazos doblados, consiguiendo que los fardos funerarios fuesen pequeños. Los mausoleos eran casitas construidas en lo alto de las paredes donde se albergaban las momias. Se colocaban tanto en el interior de las casitas de piedra como en las ventanas. De este modo los muertos observaban el día a día de los vivos y velaban por ellos desde el otro lado del espejo de agua.

1400 d.C. Los Incas

Los Incas en su afán de conquista de Sur a Norte, dieron irremediablemente con los Chachapoya. La ubicación de estos últimos eran estratégica para el comercio con las tribus de las selvas bajas del Amazonas. Pero los Chachapoya no se lo pusieron fácil a los Incas, y a diferencia de la resignación de los otros pueblos que se adhirieron con facilidad al Imperio Inca, los Chachapoya lucharon por su libertad y opusieron una gran resistencia a la conquista. La lectura que se hace de los restos arqueológicos indica que finalmente ambas culturas convivieron juntas, aunque el rencor de los Chachapoya perduró hasta la llegada de los españoles.

1500 d.C. Los españoles

Cristóbal Colón ya ha descubierto Las Indias y la iglesia ávida por salvar a la nueva humanidad se une a las expediciones de jóvenes aventureros que van tras el mito de las ciudades de oro. Atahualpa, desde Ecuador lucha contra su hermano para hacerse con el control del imperio Inca. Los Chachapoya en su nuevo status de pueblo conquistado esperan la llegada de su Dios; un hombre blanco barbudo.

Los españoles avanzaban por los nuevos dominios de La Corona a lomos de sus caballos. Cuando los españoles llegaron al valle de Uctubamba, los Chachapoya reconocieron rápidamente a su Dios, lo que ayudó en gran medida, no solo a conquistar a los Chachapoya, sino también a acabar con el imperio Inca. Pero esto es otra historia.

Los españoles con su superioridad militar y como portadores de nuevos virus, iban acabando rápidamente con el estilo de vida y la sabiduría que largamente se había cosechado. Las ciudades se iban despoblando, y poco a poco en las selvas se hacía el silencio. La Laguna de los Cóndores no fue una excepción y los Chachapoya acabaron abandonando este emplazamiento tan especial. Las momias se quedaron solas en lo alto de los riscos, viendo como poco a poco el ingenio de toda una cultura iba desapareciendo bajo la lápida de los siglos.

Una leyenda popular cuenta que antes de abandonar la urbe de la laguna, los Chachapoya hundieron en las profundas aguas de la laguna, uno de sus símbolos sagrados: un becerro de oro macizo. Otra historia dice, que el rescate en oro que exigió Pizarro para liberar a Atahualpa, fue en gran medida, reunido por los Chachapoya. Pero estos, al descubrir la traición que acabó con el emperador Inca, los Chachapoya arrojaron todo el oro al fondo de la laguna. Las leyendas de becerros de oro y tesoros hicieron que en los años 70 un grupo de buzos se sumergiese en las aguas profundas de la laguna, emergiendo con las manos vacías.

1950 El Sr. Farges

El Sr. Simion Farges era ganadero. Su hacienda acababa donde empezaban las tierras de su primo, con el que no tenía una buena relación. Cualquier excusa daba pie a una disputa y siendo ambos poseedores de armas de fuego, el siguiente malentendido podía acabar con muertos. Una mañana se sentó a meditar sobre ello y viendo que las diferencias entre él y su primo eran tan grandes convino adentrarse más allá de las montañas conocidas para buscar nuevos pastos.

Caminó atravesando, praderas, ríos y densos bosques. Más adelante siempre se alzaba una montaña más alta. Ese día sentía que las fuerzas le acompañaban y el espíritu explorador le empujaba hacia arriba. Por fin, casi habiendo consumido los últimos rayos del sol, llegó a la fila más alta, y desde allí pudo ver como bajaba la ladera hasta detenerse en un plano que serpenteaba entre las montañas.

En la Plaza de Armas de Leimebamba, si uno escudriña sobre la historia de La laguna de los Cóndores, puede llegar a escucha varias versiones diferentes. De todas ellas os dejo la que dice que el Sr. Farges regreso a los pocos días con un sobrino, porque no tenía hijos, para descender a aquella llanura. Caminaron a lo largo del río, subieron una loma y dieron con la laguna. El paisaje sobrecogió los corazones de aquellos hombres de la montaña. Se sentaron y almorzaron. Las nubes atravesaban el cielo y la laguna las reflejaba algo más apagadas. Una sombra cruzó el sol y el Sr. Farges alzó la vista y vio un cóndor. Se dejó llevar por aquella imagen, y su pensamiento sobrevoló la laguna. Se sentía el primer hombre que pisaba esas tierras. Desde el otro lado de la laguna, entre los árboles, las momias lo miraban con curiosidad y recelo. El Sr. Farges estableció a partir de entonces su residencia en la laguna de los cóndores, pero no sería él quien descubriría el legado de los Chachapoya.

1980 El Sr. Julio

Las tierras en pocos años fueron cambiando de manos. La lejanía e inaccesibilidad del lugar las empujaron a un nuevo abandono. Estas tierras son comunales, lo que significa que pertenecen a quien las trabaja. El nuevo propietario en adquirirlas fue el Sr. Julio, que había dejado la profesión de policía del pueblo por la de ganadero. Abrió de nuevo el camino hasta la laguna. La llanura suponía un respiro territorial ante la saturación de pequeñas parcelas que padecían los alrededores de Leimebamba.

1996 Las tumbas despiertan

Los peones del Sr. Julio reciben la orden de ampliar la deforestación de la llanura para conseguir más pastos. Se trabaja de sol a sol desde el filo de la cuenca de la laguna hasta el río Siogue. Bajo los cadáveres de los árboles van apareciendo extraños círculos y piezas de cerámica. Es la aldea de Llaqtacocha que abandonaron los Chachapoya antes de hundir el becerro de oro en la Laguna. Los peones siguen con sus trabajos sin darle demasiada importancia al descubrimiento. Unos días más tarde, desde el mismo lugar donde se vio el vuelo del cóndor, algo llama la atención de un peón desde el otro lado de la laguna. Entre las rocas se ven unas líneas rojas con formas geométricas. Un pequeño grupo sale a investigar mientras otro lo observar perderse en el interior de la selva que queda al otro lado. Cuesta mucho desplazarse por la tupida vegetación y más aun salvar los 100 metros de laderas verticales que les separan del avistamiento.

Cuando llegan no pueden creer lo que están viendo. ¡Un tesoro! Sin entender lo que tienen delante, y sin escuchar el lamento mudo de las momias, los peones cambian de oficio por el de huaqueros y empiezan a expoliar el mausoleo. Saben que aquello es ilegal, pero la fortuna que pueden conseguir con aquello les nubla los sentidos. Afortunadamente se corre la voz en el pueblo. El Sr. Julio es amenazado por los huaqueros para que no evite el saqueo. Pero las momias gritan y alguien oye la llamada de socorro.

1997: Emergencia

Las autoridades de Leimebamba consiguieron detener el expolio e incautar una gran cantidad de material a los huaqueros. El descubrimiento de momias no tardo en llegar a los medios de comunicación, y con estos la noticia llego a todos los rincones del mundo (menos al mío). El número de visitantes creció, haciéndose imposible el control de la zona por la lejanía del lugar. Los nuevos visitantes resultaron ser tan poco respetuosos como sus descubridores y el lugar se deterioraba por momentos. Se hacían fotos con los huesos humanos despojados de los fardos, removían los tejidos, los objetos, los andamios de madera…

En el mes de julio, con la estación de lluvias a punto de empezar, The Bioantrhopology Foundation Perú y El Centro Guayaquil coordinan un proyecto acelerado de tres meses para recuperar el lugar. En un primer momento se planteó dejar las momias en el lugar original, pero el deterioro de las visitas y la imposibilidad de controlar el lugar con garantías, llevaron a los responsables del proyecto a tomar la decisión de sacarlas de su privilegiado lugar. Varios historiadores peruanos pusieron el grito en el cielo ante aquella decisión, pero el tiempo apremiaba y no había tiempo para la reflexión.

La ciudad de Chachapoyas, que actualmente centraliza el turismo de las ruinas Chachapoya del valle de Uctubamba, quiso hacerse con los restos y llevárselos a la ciudad. Pero el pueblo de Leimebamba se unió y se enfrentó a las autoridades y cuerpos de la policía para evitar que se llevasen su emergente patrimonio. No fue fácil, pero lo consiguieron. El siguiente problema al que se tuvieron que enfrentar fue nada menos que encontrar un lugar para más de 200 momias sin techo. Durante tres años se guardaron en una casa de Leimebamba, garantizando las mejores condiciones de conservación.

En junio del año 2000 se inauguraba el Museo Leimebamba-Centro Comunal de Cultura y Desarrollo. El emplazamiento del museo, la arquitectura, la distribución de los espacios, la zona verde, los paneles informativos, etc. fueron cuidadosamente diseñados y pensados. El resultado es un museo excepcional, orgullo del pueblo de Leimebamba y con una inversión del gobierno peruano nula.

Hoy el museo lucha por no ahogarse, pues sus pocos visitantes cubren un porcentaje muy pequeño de los costes de mantenimiento. Leimebamba, su gente, su museo, sus innumerables ruinas de los alrededores (a parte de la Laguna de los Cóndores), son un auténtico reclamo turístico que está esperando ser descubierto por aquellos turistas que buscan algo más “auténtico”.

2009 La nueva amenaza:

Los pumas y osos que habitaban los alrededores de la laguna atacaban con éxito al ganado que se había introducido en sus dominios. Los ganaderos optaron por envenenarlos y poco a poco los depredadores dejaron de ser una amenaza. El cóndor, a su vez, fue comiendo los cadáveres envenenados y también pereció. Hoy, la laguna de los cóndores no tiene cóndores.

Una nueva amenaza se cierne sobre la laguna, sobre su fauna y sus bosques. La industria minera sabe muy bien que el hallazgo de restos arqueológicos puede generar un problema insalvable a la hora de explotar una zona. Los Chachapoya podrían hacer que la minería perdiese una importante área de explotación de oro, y por ello han solicitado la concesión de un área de 200.000 hectáreas, donde la laguna de los Cóndores queda completamente contenida. Sorprendentemente, el gobierno de Alan García ha dado luz verde a la empresa minera estadounidense Virgen del Carmen, lo que implica irreparablemente: la contaminación de lagunas, ríos y acuíferos, la deforestación y el cese de la actividad rural y turística del valle de Uctubamba.

La estrategia de las empresas extranjeras mineras es siempre la misma. Mandan a un equipo de ingenieros a la zona para realizar estudios muy caros del suelo. La comunidad, que por ley tiene el derecho de ser consultada ante una concesión de estas características, puede revocar en un referéndum local la decisión del gobierno central. Pero si la empresa ya ha realizado los estudios geológicos, por un malabarismo legal inexplicable, si la comunidad rechaza la concesión, esta tiene que sufragar el coste del estudio, lo que representa una deuda hacia la empresa enorme. Ello obliga a que la concesión siga su curso. Los ricos ganan y los habitantes de la zona son arrastrados a la pobreza y a la miseria, perdiendo no solo sus riquezas, sino su forma de vida. El sector minero se vende a las comunidades como una oportunidad para crear puestos de trabajo y riqueza en la zona. Pero la minería allí donde ha ido, ha dejado un panorama dramático: hambre, enfermedad, explotación, abuso y crimen.

La historia de la minería en Sudamérica es lamentable y muy bien conocida por toda la desgracia que ha acarreado a los locales. Este nuevo episodio de la minería pone en jaque a una nueva comunidad, que está unida y es consciente de los que se le viene encima. Una nueva batalla entre David y Goliat, donde David podría ganar, pero Goliat seguirá amenazando.

Aterrizaje Minero. Cultura, conflicto, negociaciones y lecciones para el desarrollo desde la minería de Áncash, Perú de Vladimir Gil, es una publicación del Instituto de Estudios Peruanos. El prólogo indica “cómo sería posible para la nueva minería evitar sólo extraer riqueza entre tanta pobreza, como se ha venido haciendo desde su inicio colonial.” Vladimir Gil recoge con lucidez la reflexión de un campesino que dice:

Estimado ingeniero, ¿podría explicarle a mi burro que esta agua turbia de mal olor está limpia?

Robiol.

F o T o S . . . PERÚ




CAJAMARCA diluida en agua.

Cajamarca fue la ciudad del encontronazo de dos culturas. En 1532, su plaza, fue testigo del inevitable choque entre dos culturas antagónicas condenadas a enfrentarse, representadas por sus dos “dioses”: Pizarro y Atahualpa. El dialogo entre ellos, breve y soberbio, acabó con la Biblia arrojada al suelo por el inca -que jamás había visto un libro- y esto fue razón suficiente para que el español invocase a los cañones, arcabuces y mosquetes, que acabaron con la vida de los más de 7.000 indios del séquito del indio y perfumaron con dinamita la traición, para posteriormente ordenar la prisión y muerte del incauto rey inca. Cajamarca fue desde entonces, y para siempre, la ciudad del declive y del ocaso de su reinado.

Hoy en día, no quedan apenas vestigios del reinado inca, pues poco tiempo después, el general indio huido Rumi Ñahui, volvió e incendió la ciudad como venganza por la muerte de su rey, y no fue hasta el s. XVII-XVIII que la ciudad se reconstruyó con el estilo colonial de castizas casonas castellanas y mudéjares de adobe blanco con grandes balconadas de madera.
Nuestra historia, en cambio, es muy diferente..! Al llegar a la ciudad, nos fuimos derechitos a desayunar un chocolate con sanduches de queso, y después tomamos un combi directo a los Baños del Inca. Los Baños actualmente, es un distrito cuyo impulso viene del Balneario de aguas termo-medicinales provenientes de 7 fuentes naturales de aguas subterráneas que afloran con una temperatura de 79-80°C. Mezclada convenientemente con agua fría mediante unos estanques humeantes antiquísimos, son una delicia. Hay unos compartimentos individuales muy místicos donde puedes relajarte y sumergirte en aguas calientes por unos 3 soles los 20 minutos (0,80cc de euro!). Es increíble saber que hace más de 500 años era uno de los descansos preferidos del rey inca Atahualpa.

Para acabar de pasar el día, nos acercamos con una combi a las Ventanillas de Otuzco, a 8km de la ciudad. Son unas pequeñas tumbas cuadradas horadadas en la roca del 1200 d.C. Y ya esta.

Al caer la tarde, Cajamarca se deshizo en agua. Esta vez, proveniente del cielo. Un tremendo aguacero que en pocos minutos, convirtió sus calles en improvisados ríos de agua gris. En el hostal pasamos nuestras últimas horas, secándonos por segunda vez, del agua de Cajamarca.

Rajol.

Conducir en Perú

Hemos entrado en Perú por La Balsa, nombre que adquirió el puesto fronterizo por la embarcación que lleva este nombre. Así, durante muchos años Perú y Ecuador estuvieron unidos por una cuerda que permitía arrastrar la embarcación. Ahora el Río Blanco se puede superar por un puente que se cruza a pie. Por aquí no pasan más de 50 personas al día, y el acceso por ambos lados es una pista de tierra de varias decenas de kilómetros, que lucha por no desaparecer bajo los movimientos de tierra que provocan las lluvias.

Estamos en Perú, en la parte norte de la cordillera. Ayer conseguimos llegar a Chachapoyas desde San Ignacio en lo que fue uno de los trayectos más surrealistas que hemos hecho hasta ahora. La carretera que une estas dos poblaciones está en obras y el tráfico solo circula a primera hora de la mañana, al medio día y en la última hora de la tarde, que fue cuando pasamos nosotros. Para hacer los últimos 150 km hasta Chachapoyas seguimos los consejos de los lugareños de Bagua Grande, y dejamos las combis y los autobuses para subirnos en un coche.

Salimos media hora antes de que abriesen el paso para colocarnos en la parrilla de salida, que se situaba a las afueras de la ciudad, donde ondeaban los letreros de los últimos restaurantes de carretera. Camiones, moto-taxis, combis, coches, autobuses, motos y bicicletas se apretaban cada vez más para conseguir el mejor lugar a lo largo de la carretera. Mientras tanto los huequecitos y pasillos que quedaban a lo largo de la hilera de vehículos eran recorridos por los vendedores ambulantes que ofrecían manís caramelizados, cocos pelados, helados, zumos, tapas de pollo y tamales. A las 6 en punto, con la luz tenue de la noche que estaba por llegar, un semáforo invisible dio la salida. Valía todo menos chocar para ponerse a la cabeza del grupo. Todo significaba, pisar a fondo el acelerador, invadir el carril contrario apartando el tráfico que venía de frente, cruzar por los espacios vacios de los restaurantes y hacer sonar la bocina cuanto más mejor. En pocos minutos se levantó una espesa nube de polvo que no abandonamos hasta conseguir encabezar la estampida que devoraba quilómetros de barro. El marcador de nuestro coche marcaba 0 kmh, pero os aseguro que no se podía ir más rápido. Pasábamos a milímetros de los vehículos que adelantábamos y nadie nos adelantó a nosotros. Piedras y gravilla rascaban constantemente el chasis del coche mientras nuestro conductor, con espaldas que le sobresalían del asiento, mantenía una animada conversación con el copiloto. Nosotros nos mirábamos atónitos e intentábamos esquivar con el cuello los obstáculos que se nos iban viniendo encima, e iban quedando atrás milagrosamente. Cuando se hizo de noche, la masa de tráfico había quedado muy atrás e íbamos prácticamente solos por la oscuridad. Los enormes camiones que venían de frente parecían orugas gigantes de metal que se contorsionaban para avanzar por la accidentada carretera en obras. Los faros de nuestro coche proyectaban sombras en los baches más grandes que superábamos a volantazo limpio fuera la que fuese nuestra velocidad. A ambos lados iban quedando trabajadores de la obra que centelleaban con sus reflectores. Pero nosotros íbamos a una velocidad que no daba para parar y recogerlos.

Después de mucho polvo, baches y derrapadas llegó el asfalto, con el silencio se nos destensó el corazón y dormimos el último tramo hasta Chachapoyas.

Robiol.

*** Y, cuanto menos, curioso ***

ZAMORA, VALLADOLID Y JAEN: Para llegar al Perú hemos de pasar por la provincia de Zamora, atravesar Valladolid y hacer parada obligada en Jaén. Pero olvidaros de las castizas capitales españolas conocidas, éstas más bien son pequeños pueblitos tropicales de casas humildes de adobe que sobreviven, como lindos oasis, en medio de un inexpugnable jardín botánico asfixiado por el Amazonas. Por sus calles de polvo corren las gallinas y ladran los perros. ¿Zamora con bananos y helechos gigantes invadiendo sus calles?, ¿Valladolid y Jaén con ríos de agua cayendo en cascada por las paredes escarpadas de las montañas?...

Hace más de 500 años alguien creó estas ciudades-colonia imponiéndoles un nombre ya inventado y una iglesia. Lo primero les privó de originalidad, lo segundo de libertad.

UNIDADES DE AUTODEFENSA- CENEPA-: En la Carretera Marginal de la Selva, tramo de pista de tierra obligado para llegar a Jaén, se suceden los desprendimientos de tierras en cada curva. Parece ser que no es el único peligro. A mitad de camino, unos soldados uniformados y armados con metralletas paran nuestro bus-colectivo y se identifican como combatientes contra el crimen, pidiéndonos dinero. Con la “ayudita” que les damos, ellos prometen enfrentarse a los delincuentes y defendernos de los asaltantes, definiéndose como Unidades de Autodefensa.

Es la primera vez que nos atracan con pistola insistiendo en que nos están defendiendo.

Rajol.