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Cuenca -SHOCK-

Antecedentes: Después de vagar por idílicos valles salpicados de eucaliptus y borregos, visitar aldeas perdidas de cielos inmensos, dormir en cabañas frías y en pequeños hostales con chimenea, escuchar el cantar de los pajarillos, y almorzar sopa-pollo, pollo-sopa…

…Llegamos a la ciudad! Modernísima Cuenca, capital de la cultura, calles anchas y limpias donde abundan por igual catedrales y pubs, tráfico denso de taxis y buses, gentes con traje, corbata y rápido tacón, … Llegamos de noche, y a oscuras, el taxi nos vomitó ante la puerta de “El Cafecito”, un hostal muy céntrico. Sacamos nuestras mochilas y un enclenque ancianito nos acompañó hasta la entrada. Cuando abrió sus puertas, una estridente canción de Bob Marley nos dio la bienvenida, humo, ruido, gente abarrotaba el local, retorciéndose entre cigarrillos y pilseners. -¿”Esto” es el hostal?- preguntó Rubiol alzando la voz. – Sí, claro, pregunte usted por la habitación al final de la barra.- Nos contestaron. ¡Increíble!

Allá pasamos 2 días. Añorando nuestra Barcelona que parecía repetirse en cada esquina en forma de bar, discoteca, restaurante chic, etc.. No había otra cosa que hacer que corretear por sus adoquinadas calles, así que nos entró el virus consumista – controlado en cloroformo hasta ese día- y entramos en tiendas de ropa, súpers, exploramos mercados en busca de gangas (sin éxito), y hasta nos dimos el gran lujo de ir a un restaurante y probar el cuy (25$ por comer cobaya asada! mmm...)

Que rápido nos atrapó el consumismo. Sucumbimos…

(Ah, por cierto, no hay fotos de Cuenca. No queríamos dejar pruebas.)

Rajol.

El Ecuador paralizado por protestas.

El trayecto fue interrumpido sucesivas veces desde Salinas hasta Riobamba por numerosas barricadas de piedras y neumáticos incendiados que cruzaban las carreteras levantadas por varias asociaciones, la CONAIE* y la UNE** entre ellas, que están bloqueando el Ecuador, estos días, con huelgas y manifestaciones protestando contra las nuevas Leyes privatizadoras del Agua y la Educación.

La popular CONAIE, por ejemplo, está en contra de la privatización del agua a favor de empresas nacionales y/o transnacionales ya que la entienden como un líquido vital y un derecho que no se vende, sino que se defiende, para evitar un reparto no equitativo y facilitar el consumo a todos por igual, como ya se hace actualmente mediante las Juntas del Agua de sus comunidades. Los indígenas, dedicados casi en su totalidad a la agricultura y la ganadería, dependen de este bien para poder subsistir y no están de acuerdo que el sector privado la gestione, pues es un bien común y público. Para muchos se entendería que estas protestas de los indígenas son un freno al desarrollo o al progreso del país pero bajo su punto de vista, su deseo es mantener el sistema actual para no perder derechos y no tener que dar cuentas a facturas, quizás desorbitadas, tendidas por empresas privadas de capital incluso extranjero y que desconocen si garantizarán su mantenimiento, como hasta ahora, ellos sí lo han hecho durante siglos. Las comunidades indígenas ancestrales, que arañan esta tierra desde que existe, no se rinden nunca, y tendrán que alzar la voz unidas, para defender su Pachamama (madre tierra), y evitar los atropellos y trampas sucesivas que progresivamente irán viniendo en pro de una sociedad globalizada, capitalista y moderna.

Un ejemplo más de la pugna en el Ecuador de dos grandes bloques: la tradición indígena de estas tierras, y la sociedad moderna (importada desde USA y Europa) que friccionan entre sí en una resignada convivencia.

*CONAIE: Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador.

** UNE: Unión Nacional de Educadores.

Rajol.

Tramo de ferrocarril "La Nariz del Diablo" ... ¡a pie!

Partimos tristes de Salinas. Después de 4 días allá, se nos encogió un poquito el corazón, al alejarnos por la maltrecha carretera, dirección sur hacia Alausí.


Alausí es un pequeño pueblo, famoso por ser donde se inicia el tramo ferroviario de “la nariz del Diablo”, definido como un milagro de la ingeniería ferroviaria de la época ya que las vías y el vagón descienden en zigzag en 11km, más de 1.000 metros por grandes desniveles entre las montañas, para luego ascender a un pueblito llamado Sibambe, por un tramo igual de espectacular. Pues bien, toda aquella maravilla que estábamos dispuestos a descubrir, se evaporó en pocas horas ya que al llegar nos informaron los indígenas, en su paro, habían sepultado las vías con piedras y el recorrido no se podía hacer. ¡Qué decepción!, ¿habíamos llegado hasta allá para nada? A las pocas horas, mientras comíamos resignados (como no, pollo) se nos ocurrió una buena idea: hacer el tramo a pie, es decir, seguir las vías caminando!


Fue un bonito paseo, con alma de vagabundo, siguiendo con expectación la estela dejada por una vieja vía de tren casi enterrada, jugando y haciendo equilibrios de funambulista sobre sus raíles oxidados, y culebreando con su amparo por las empinadas y verdes colinas…





Rajol.



Salinas

Nuestro próximo destino iba a ser Baños, pero releímos entre líneas que aquello era demasiado turístico. Aun no habíamos llegado a Ambato, para desviarnos a Baños, cuando encontramos en la guía una referencia fugaz a un pueblecito llamado Salinas. Para llegar allí, había que dejar la Panamericana y coger nada menos que la carretera asfaltada más alta de Ecuador. ¡Qué espectáculo! Cruza por el páramo andino, desierto de valles y planicies de paja, y de repente, el Chimborazo, en medio de la nada, el volcán de los 6.310m de altura.

Y finalmente nuestro autobús-hormiga, tras sortear montañas infinitas, nos dejó en Salinas. ¿Cómo explicar el mérito de este lugar? Hace tan solo 40 años los salineritos y salineritas vivían en condiciones muy humildes, en chozas de paja y barro soportando el azote de los vientos que pulen los picos andinos. Su única fuente de riqueza era la sal que brotaba de las rocas, y que conseguían separar del resto de minerales disueltos en el agua a través de un laborioso proceso de varias horas, en el que cargaban recipientes de agua hasta lo alto de las minas de sal y la dejaban caer de nuevo para que los minerales quedasen adheridos a la roca. La flotabilidad de un huevo de gallina les indicaba la concentración de sal idónea en el agua. Luego sólo había que cargarla hasta un fuego, evaporarla en pairas para obtener el preciado oro blanco. El refinamiento de la sal se dice que se inició hace 2.000 años y fue un oficio de mujeres, porque los manantiales son elementos femeninos en la cosmovisión andina (Pomeroy, 1986). Así aprendieron los españoles en el s. XVI el proceso que realizaban los Tomavelas, los indígenas de aquellas tierras. Al igual que los Incas, los españoles les intentaron arrebatar aquel tesoro, pero los Tomavelas supieron defender su riqueza.

La sal había sido para los habitantes de Salinas una fuente de bienes, de preocupaciones y de superación. Y después de tanto esfuerzo por no perder la concesión con la Tierra, la sal marina y la mejora de las comunicaciones viarias hicieron que la extracción de la sal no fuese rentable. Los herederos de los tomavelas, los incas y los españoles se sumieron en la pobreza, hasta que, hace 40 años la comunidad se unió para salir de la miseria. La parroquia, el voluntariado, la participación de técnicos extranjeros, pero sobretodo la voluntad de superación de este pueblo, han hecho que Salinas sea una pequeña potencia económica.

Hoy es un ejemplo para todo Ecuador. Fueron los primeros en hacer quesos que, a día de hoy, exportan a Europa, Estados Unidos y Japón. Además hacen excelentes chocolates, hongos deshidratados, productos derivados de la soja, yogures y ropa hecha con lana de llama.

Y en este momento de la historia de Salinas llegamos nosotros, después de 15 días comiendo arroz, pollo y patatas. Lo que iba a ser una rápida visita se alargó 4 días. Nos hospedamos en el hostal Saminagua, con vistas al valle y a las minas de sal. Víctor; propietario del hostal, experto en medicina tradicional, hombre sencillo y bueno, nos dio conversación todas las noches delante del fuego. Hablamos sobre la vida en el campo y la ciudad, sobre los corazones corrompidos por el dinero, sobre el estrés, sobre la historia de Salinas, la sabiduría ancestral y la medicina moderna. Durante el día explorábamos los mogotes y montañas con una bolsita en la mochila de queso y chocolate. Caminábamos fantaseando como sería la vida aquí, montando una panadería o un hostal. La dolarización de Quilotoa había quedado atrás. Aquí los lugareños parecían competir por agradarnos. Siempre se unía alguien en el camino y nos explicaba el funcionamiento de la comunidad. Incluso nos invitaron a su reunión semanal de reflexión y debate de valores, que nos enseñó lo importante que es comunicarse.
A la caída del sol veíamos mujeres subiendo a las minas para extraer la sal que utilizan hoy en día para completar la dieta del ganado. En la última noche se nos unió un huésped neoyorquino, que entró por la puerta del hostal dejando clara su profesión como chocolatero y su nacionalidad. Compartimos anécdotas del viaje y mientras él aprendía a jugar con una baraja de cartas españolas, nosotros le escuchábamos hablar sobre el secreto del chocolate, sus ingredientes, sus orígenes y aromas. Cenamos con Víctor y Damion, mientras el viento esquilaba las paredes de nuestro refugio y el fuego calentaba la habitación. Y bajo la noche estrellada, iluminada por la media luna, no se oían los aullidos de los lobos, sino los rebuznos de los burros.

Robiol.

*** Y, cuanto menos, curioso***

CORRIDA DE TOROS: Domingo, 27 de setiembre, 3 de la tarde. La afición va bajando en sucesivas camionetas, para disfrutar de una tarde de toros en una improvisada y destartalada plaza de madera, apuntalada a un lado de la cuneta. Nos espera un espléndido público en chándal, y 3 becerros ávidos de revolcones. Los jovenes torean, mordiendo el polvo, con ponchos convertidos en improvisados capotes. De vez en cuando, alguna nube espesa (y curiosa), se envalentona y baja también al ruedo, desde las verdes montañas.






SUPER RUBIOL: Una niña pequeñita llorosa, una oveja mala y tozuda que no quiere subir al prado, ZZZZASSSSHHH… Super Rubiol al ataque en una nueva misión!!!

.*** Y, cuanto menos, curioso***

SR. JULIO, UN PLACER: Conocimos al Sr. Julio en Guaranda, la tarde del 25 de setiembre, sumergido entre sus viejos libros de la Carpa de la Cultura, y rápidamente nos envolvió con una conversación suave y amable, mágica. Aura quijotesca, semblante cálido, una encantadora coincidencia. Después de elegir un pequeño libro de Mao, paseamos con él por las calles de Guaranda, descubrimos rincones coloniales repletos de buganvillas, dónde no hubiésemos osado entrar sin su compañía, y disfrutamos con sus anécdotas y originales definiciones. Es bonito imaginar que, para él, Ecuador es el país de los “huequitos”, de los valles, que viajar por él es como estar montado en un gran columpio, - Se sube y se baja, se sube y se baja…- y si le preguntan: - Qué és el Ecuador?-, él responderá enseguida: -Que me presten 40 tazas y les digo que cada taza es un valle, un valle con sus pueblitos. Original, encantador. Un placer.
(Ah! y.. mamá: saludos de su parte, también es un gran aficionado a los toros).

Fiestas de LA MAMA NEGRA en Latacunga.

Nos despedimos de Quilotoa y pasamos una noche en Latacunga para descansar, por fin, del frío y la altitud. Latacunga es una ciudad castigada 3 veces, en 3 siglos, por el feroz Cotopaxi y uno se percata enseguida que ha perdido todo su esplendor inca y colonial de antaño, y, cansada se ha reconstruido a base de monótono cemento. Abundan en sus calles el color gris y las barberías, y se perfuma con un denso aroma a polvo, mote (maíz hervido) y chicharro.

Ese gris ceniza del que está compuesta la pequeña ciudad se convierte en un desfile de color y alegría cuando el calendario se detiene en el 23 de setiembre, día de la Virgen de las Mercedes. Este mismo día empiezan las celebraciones de la Mama Negra, fiesta inmensa, donde un sinfín de pintorescos personajes rememoran, por un lado, la última erupción del Cotopaxi allá en el 1742, cuando los habitantes buscaron la protección de la Virgen, también se celebra la liberación en 1851, por fin, de la condición de esclavos gracias a la intervención de la Virgen, y por último, el proceso de expulsión de los moros de la Península Ibérica, cuya celebración fue trasladada también, a estas tierras. Así, hay elementos de orígenes indígenas, hispánicos y africanos, que se enredan y mezclan, para crear una única y cálida fiesta.

Los personajes más importantes del desfile son el estrambótico Rey Moro (representado por un engalanado niño con cetro) y la pintoresca esclava Mama Negra (hombre vestido con batas de mujer y con la cara tiznada de negro) que irrumpen montados a caballo dirigiendo un caótico y estridente ejército de baile que lanza por las calles de la ciudad. A estos dos personajes, se le añaden los priostes o generales y el Ángel de la Estrella, que ordenan y organizan el paso de innumerables comparsas de personajes fantásticos como los Urcu Yapas (representando al Dios Cerro), los tiznados, yumbos, loeros, ashanguos, carishinas, engastadores… (todos ellos de connotaciones religiosas e indígenas) que abarrotan las calles con sus danzas torpes, sus espejitos de colores y sus gritos de alcohol animando a la gente a participar en sus alocados y torpes bailes.

Las alegres bandas de músicos con sus trombones, saxos y tambores, los custodian, y alejan todo mal hinchando el aire con una rítmica melodía hasta explotar en 5, no más, notas agudas e hipnóticas que se sincronizan perfectamente con los giros coloridos de las faldas de las deliciosas bailarinas.

Presidiendo cada comparsa, un grupo de muchachos carga con un chancho (cerdo) abierto en canal, amoratado, ciego, seco e inmóvil, abrazando el cielo en cruz atravesado por una estaca y adornado de finas cintas de colores y brillantes banderines. Aunque hay infinitos reclamos religiosos, es realmente en su honor, en el del cerdo, que se celebra esta fiesta maltratada, y por él, se canta, se baila y se bebe alegremente; por él, se invaden las calles de puestecillos ambulantes y se arrastran carretillas repletas de su agrio aroma asado, de sus cueros (cortezas), de sus secos de carne y chicharros, vapuleando y atropellando, en cada esquina de cada 23 de setiembre, su miserab
le alma.

Rajol.


La Laguna Quilotoa

Quilotoa, o en quechua Quirotoa, es un estupendo lugar para los amantes de la montaña. La aldea se asienta sobre una planicie al borde del cráter del volcán. Desde 1797 esta chimenea de la tierra duerme y ha mudado su caldo incandescente de lava por una inmensa laguna de agua fría. Hay un camino que desciende hasta una playa de arena desde donde diferentes caminillos trepan por las empinadas laderas. Allí se dirigen los turistas, que bajan animados por la fuerza de gravedad favorable, cubriendo el descenso en poco menos de media hora. Pero ascender se hace arduo y pesado. Cada paso es un suplicio que golpea la cabeza y hace de la cima un lugar inalcanzable para la voluntad. El ascenso cuesta casi dos horas y no son pocos los que alquilan los servicios de un burro para despegarse del suelo, del polvo y del esfuerzo.

Hoy nos hemos acercado hasta la laguna para admirarla en silencio, cada uno con sus ojos y sin los ojos del otro. Es extraño este frío que trae el viento bajo un sol que cae vertical sobre el ecuador del día. La luz es blanca te obliga a mirar los reflejos sobre el agua en ángulo oblicuo. Los 3.800 metros sobre el mar son un pequeño empujón para estar más cerca del cielo. Manchas negras recorren la superficie del agua devorando los colores y suben veloces por las empinadas laderas de roca y arena. Son las nubes que traen algo de sombra ocultando el sol que abrasa a través del frío.
Robiol.

***Y cuanto menos curioso***

El último rincón del dolar
Lo primero que nos llamó la atención de Ecuador es que su moneda local es el dólar estadounidense. Pero ahora no vamos a hablar sobre eso. Quilotoa ha sido un buen sitio para caminar y coger senderos sin saber a dónde iban. En alguno de nuestros paseos experimentamos la “la dolarización” del lugar.

Nos encontrábamos en lo alto de un pico con solo cielo por delante y tierra por detrás. Saqué la cámara de fotos pero era incapaz de encontrar la imagen que representaba el descomunal paisaje. Finalmente entre unas rocas apareció un rebaño de ovejas que se movía ajeno al vértigo y decidí apuntar con el objetivo hacia allá. Detrás de la última oveja andaba el pastor. Cuando se percató de nuestra presencia se apresuró hacia nosotros. Dijo algo pero el viento se llevó sus palabras y yo solo me preocupé de seguir captando el movimiento de los animales. El rebaño pasó de largo y el pastor nos alcanzó para decirnos: -dólar foto- Le dije que no, y él refunfuñando apremió el paso para llevarse a las ovejas fuera de mi campo de visión.

Luego fueron unas llamas. Estaban solas. Las intenté fotografiar penosamente y al poco apareció una mujer pidiéndome un dólar por fotografía tomada. Le pedí disculpas y me alejé obviando sus exigencias.

Ya cansados de tanto frío entramos en una cabaña para tomar una taza de té. El propietario se animó a charlar con nosotros hasta que sin saber cómo la conversación derivó en proyectos sociales en Quilotoa y en cómo conseguir fondos para llevarlos a cabo. Primero quería un geriátrico, luego un centro de salud y finalmente una clínica dental. Le intentamos hacer entender que vivir en un lugar aislado conllevaba ese tipo de desventajas, y en referencia al cuidado de la gente mayor, le explicamos que en España teníamos exactamente el mismo problema. Mientras hablábamos de todo esto la mujer nos gritaba desde el otro lado de la casa que les enviásemos regalos por Navidad. Prometimos intentar ponerle en contacto con alguna ONG española que pudiese estar interesada en este tipo de necesidades.

Por la noche cenamos en el hostal el menú de siempre: sopa de verduras, arroz con lentejas y carne. Conocimos al hijo de los propietarios del hostal. No vestía el traje indígena de sus padres y de la comunidad. Llevaba, en cambio, una sudadera con la capucha por encima de una gorra, pantalones vaqueros y zapatos de piel blancos. Se sacó un teléfono móvil de un bolsillo y mientras lo zarandeaba con una mano me dijo que le gustaba mi forro polar y probó suerte para ver si se lo regalaba. Negué con la cabeza y le dije que me extrañaba que alguien con su nivel económico fuese mendigando ropa. Él respondió que había perdido el último forro que le había regalado un francés. Nos queríamos ir a dormir temprano porque teníamos que coger el autobús a las 5am. El propietario del hostal nos propuso bajar a la ciudad en camioneta, 10 veces más caro que el autobús, y como veía que no aceptábamos intentó hacernos creer que pasaba a las 6am para que lo perdiésemos. Imagino la cantidad de turistas que habrán pasado por aquí y habrán hecho de la hospitalidad, de la conversación y de la relación entre las personas un producto de intercambio que se puede comprar. El turista de alguna forma, marca importantes precedentes a los futuros extranjeros. En este lugar han corrompido con el dólar el alma de esta gente. Ojalá se pueda enmendar con turistas responsables y con criterio.

***Y, cuanto menos, curioso..***

Que sepáis que ya hemos sufrido:

MAL DE ALTURAS: Recién llegados a Quito a casi 3.000m de altura, y con el Jet Lag después de 13 horas de vuelos(13!), no se nos ocurre otra cosa que ascender hasta el RuCu PIcHIncHA al 2º dia, total son sólo 1.700 metros más, y vamos despacico…(por la peñaaa!!). Bueno pues no lo hagáis nunca. Me puse malísima, dolor de cabeza, vómitos, huesos machacados y un vértigo la mar de poético.

INTENTillo DE ROBO: Las calles del casco antiguo son idílicas, pero vigilad siempre vuestra retaguardia. Un liquidillo espeso y verde similar al de las cacotas de pájaro puede dejarte perdida la mochila y los pantalones, pero.. mmm, huele deliciooso, a vinagre y ají! con lo que se descarta rápidamente la hipótesis de La caca de pájaro. De repente, se acercan 2-3 personas súper atentas,-que amabilidad- y casualmente con varios paquetes de cleanex dispuestísimos a limpiarte…la cartera. ;)

Adiós a Quito -qué bonito- …desde las alturas!

Después de un día de rastreo -sin aire- por las callejuelas del casco antiguo, qué mejor despedida que ver esta pequeña ciudad desde las alturas.
Enfilados en una pequeña cabina del teleférico plateado, ascendemos, balanceándonos por el fuerte viento, de los 2.800 a los 4.100m de altura. Desde la cima, vistas espectaculares de una capital que se ha extendido y desbordado como una colorida lengua de cemento y cristal por el valle de los volcanes. Sientes como la ciudad serpentea desde las alturas, burbujea, expectante a los suspiros de azufre y el latido rompiente del gran Pichincha, que domina poderosamente el valle y que lo abraza con sus cerros tapizados de verde terciopelo, como un gran gigante de dos cabezas, con sus dos cumbres: el RUCU, pico carbónico y roto por espejos de hielo, suspendido entre vientos, y el GUAGUA, boca todavía humeante de fuego, espantosa, gran horno que cuece tragedias.

Al día siguiente, otra nueva altura, la inacabada Basílica del Voto Nacional de curiosas gárgolas en forma de tortugas e iguanas, por la que trepamos por sus entrañas hasta el mismito campanario, para observar, al otro extremo de la ciudad, cómo la Virgen del Panecillo bendice la capital.

Rajol.

Primer día en Sudamérica: QUITO

Ocurre con bastante frecuencia que las ideas preconcebidas distan mucho de lo que uno se encuentra al llegar a un lugar. Imaginé Quito como una taza de café humeante con sus fachadas teñidas de ocre i moho. Miradas desde rincones oscuros calculando el valor de nuestras posesiones y vendedores cansinos intentando colgar de nuestra oreja sus mercancías a precios abusivos. Toda la tensión acumulada para estar a la altura de nuestros propios miedos se desvaneció de inmediato con solo entrar en la terminal de llegadas del aeropuerto. El pasillo acristalado que nos condujo a “recogida de equipajes” era como una copa de vino, y nosotros, los mamíferos de sangre roja, nos deslizábamos por el fino vidrio.

Quito se asienta en un valle coronado por el volcán Pichincha de más de 4000 metros de altura. La ciudad crece en ambas laderas y en el centro se asienta el casco antiguo, colonial y con su bullicio tranquilo. Y aquí es donde nos hemos centrado en nuestro primer día. Calles de un solo carril y sentido, aceras estrechas pero suficientes para los peatones que caminan sin prisas. Iglesias, catedrales, plazas y en cada esquina una pareja de policías. Y es que esta ciudad no podría ser más segura.

Turistas se ven pocos pero se hacen ver. Somos inconfundibles entre una población de cabello negro y rasgos indígenas. Los ojos hundidos en sus rostros miran sin rencor, sin memoria y no hacen preguntas. Da gusto sentir que no somos de tan lejos y no somos embajadores de muchos de sus males.

La ciudad a 2850 metros sobre el mar nos ha hecho que nos suba la altura a la cabeza. Las cuestas las hemos superado con la respiración encogida y a un paso lentísimo. Cada vez que alguien corría detrás del trolebús se nos encogía el corazón y nos mareábamos incapaces de asimilar aquel sobreesfuerzo. Hasta la hora de comer solo pensábamos en volver al hotel y dormir la resaca de la altura. Pero la comida nos ha animado: un cuenco de guatita (estofado de tripa y patata con salsa de cacahuete), camarones con palomitas (sí, las mismas que se comen en el cine para mezclar en una sopa fría de gambas y verduras), croissant con aguacate (hemos tenido que preguntar donde poníamos el aguacate porque no lo habíamos pedido) y arroz blanco (como el de casa). Ah! Y para desayunar nos hemos zampado dos tortas de verde (harina de maíz, plátano y queso) con un huevo frito. ¡Rico, rico!

Robiol.