La Paz

Corre a gran velocidad agarrando su maletín de ejecutivo por el borde de la calzada que aún no ha sido invadida por peatones y vendedores ambulantes. Sus pulmones insuflan el poco oxígeno que hay en el aire y su corazón bombea litros de sangre en cada palpitación. Su corbata le rodea la mitad del cuello, como si le indicase el rumbo. El chico de una combi le ve entre la multitud y dirige su parloteo de destinos hacia él. El hombre del maletín, y traje color crema, pasa de largo y se pierde al final de la avenida, más veloz que el tráfico estancado. Amanece y sucumbe el silencio de la noche bajo el despertar metálico de los motores de combustión. La cholita de la esquina abre su paradita de candados, remedios brujos para curar la viriginidad y USBs de hasta 8 Gb. Enfrente echan 2012 en el cine, flanqueado por niños limpiabotas que cubren sus cabezas con pasamontañas para evitar la estigmatización.

Taxis improvisados, combis ávidas de pasajeros, autobuses de otro tiempo luchando por vencer las pendientes que ahogan la urbe en un hoyo de lodo prehistórico y hormigón. Desde el décimo piso de un edificio de cristal, el hombre del maletín recupera, con el ritmo cardíaco, la calma. Desde lo alto de esa pecera el estertor de la ciudad parece sólo un leve silbido. Las colas interminables ante los edificios oficiales se mezclan entre la maleza de caminantes que se enredan por la ciudad. Los olores a pollo frito, a empanada salteña, a aceite requemado y a maíz tostado quedan relegados al suelo de cemento de los que moran abajo. Durante el día, la ciudad de edificios modernos y casas desvencijadas, de maneras tradicionales frente a las importaciones de conducta occidental, de culturas que se acercan, se alejan y se maltratan y de su impetuoso tráfico de morro afilado, hacen de la ciudad un todo único y homogéneo, de matices incontables.

La ciudad vibra todos los días como un diapasón. Pero al caer el sol las luces de tungsteno realzan el maquillaje de sus mejillas para desviar la atención de las arrugas del cuello, por donde merodean los perros callejeros, los borrachos y los jóvenes que buscan algo de diversión. La vibración del metal se detiene y el hombre del maletín abandona la oficina, baja a la calle, y se deja envolver por las constelaciones de bombillas que rodean el centro de la Paz.

Robiol.

1 comentarios:

maria dijo...

Sólo, !un abrazo¡