Salinas

Nuestro próximo destino iba a ser Baños, pero releímos entre líneas que aquello era demasiado turístico. Aun no habíamos llegado a Ambato, para desviarnos a Baños, cuando encontramos en la guía una referencia fugaz a un pueblecito llamado Salinas. Para llegar allí, había que dejar la Panamericana y coger nada menos que la carretera asfaltada más alta de Ecuador. ¡Qué espectáculo! Cruza por el páramo andino, desierto de valles y planicies de paja, y de repente, el Chimborazo, en medio de la nada, el volcán de los 6.310m de altura.

Y finalmente nuestro autobús-hormiga, tras sortear montañas infinitas, nos dejó en Salinas. ¿Cómo explicar el mérito de este lugar? Hace tan solo 40 años los salineritos y salineritas vivían en condiciones muy humildes, en chozas de paja y barro soportando el azote de los vientos que pulen los picos andinos. Su única fuente de riqueza era la sal que brotaba de las rocas, y que conseguían separar del resto de minerales disueltos en el agua a través de un laborioso proceso de varias horas, en el que cargaban recipientes de agua hasta lo alto de las minas de sal y la dejaban caer de nuevo para que los minerales quedasen adheridos a la roca. La flotabilidad de un huevo de gallina les indicaba la concentración de sal idónea en el agua. Luego sólo había que cargarla hasta un fuego, evaporarla en pairas para obtener el preciado oro blanco. El refinamiento de la sal se dice que se inició hace 2.000 años y fue un oficio de mujeres, porque los manantiales son elementos femeninos en la cosmovisión andina (Pomeroy, 1986). Así aprendieron los españoles en el s. XVI el proceso que realizaban los Tomavelas, los indígenas de aquellas tierras. Al igual que los Incas, los españoles les intentaron arrebatar aquel tesoro, pero los Tomavelas supieron defender su riqueza.

La sal había sido para los habitantes de Salinas una fuente de bienes, de preocupaciones y de superación. Y después de tanto esfuerzo por no perder la concesión con la Tierra, la sal marina y la mejora de las comunicaciones viarias hicieron que la extracción de la sal no fuese rentable. Los herederos de los tomavelas, los incas y los españoles se sumieron en la pobreza, hasta que, hace 40 años la comunidad se unió para salir de la miseria. La parroquia, el voluntariado, la participación de técnicos extranjeros, pero sobretodo la voluntad de superación de este pueblo, han hecho que Salinas sea una pequeña potencia económica.

Hoy es un ejemplo para todo Ecuador. Fueron los primeros en hacer quesos que, a día de hoy, exportan a Europa, Estados Unidos y Japón. Además hacen excelentes chocolates, hongos deshidratados, productos derivados de la soja, yogures y ropa hecha con lana de llama.

Y en este momento de la historia de Salinas llegamos nosotros, después de 15 días comiendo arroz, pollo y patatas. Lo que iba a ser una rápida visita se alargó 4 días. Nos hospedamos en el hostal Saminagua, con vistas al valle y a las minas de sal. Víctor; propietario del hostal, experto en medicina tradicional, hombre sencillo y bueno, nos dio conversación todas las noches delante del fuego. Hablamos sobre la vida en el campo y la ciudad, sobre los corazones corrompidos por el dinero, sobre el estrés, sobre la historia de Salinas, la sabiduría ancestral y la medicina moderna. Durante el día explorábamos los mogotes y montañas con una bolsita en la mochila de queso y chocolate. Caminábamos fantaseando como sería la vida aquí, montando una panadería o un hostal. La dolarización de Quilotoa había quedado atrás. Aquí los lugareños parecían competir por agradarnos. Siempre se unía alguien en el camino y nos explicaba el funcionamiento de la comunidad. Incluso nos invitaron a su reunión semanal de reflexión y debate de valores, que nos enseñó lo importante que es comunicarse.
A la caída del sol veíamos mujeres subiendo a las minas para extraer la sal que utilizan hoy en día para completar la dieta del ganado. En la última noche se nos unió un huésped neoyorquino, que entró por la puerta del hostal dejando clara su profesión como chocolatero y su nacionalidad. Compartimos anécdotas del viaje y mientras él aprendía a jugar con una baraja de cartas españolas, nosotros le escuchábamos hablar sobre el secreto del chocolate, sus ingredientes, sus orígenes y aromas. Cenamos con Víctor y Damion, mientras el viento esquilaba las paredes de nuestro refugio y el fuego calentaba la habitación. Y bajo la noche estrellada, iluminada por la media luna, no se oían los aullidos de los lobos, sino los rebuznos de los burros.

Robiol.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

dónde estáis truhanes! a ver si nos contáis más cosillas!
nos vemos en 12 días!