¿Dónde está el pescado?

Recorriendo el río Mekong desde Camboya a Laos, hemos visto en cada puerto las toneladas de pescado que se extraen diariamente de sus aguas.

Unos pescados gigantes que se sacuden todavía vivos en la arena y que se transportan en grandes cestas de mimbre cubiertos de hielo hasta las ciudades del interior. PES CA DOS de varios kilos y de largos bigotes, carnosos, deliciosos, que esperamos después encontrar en la mesa de cualquier restaurante. Toda esa admiración ingenua inicial cuando los observamos coleteando en la orilla se transforma en desilusión cuando nos colocan el plato delante de nuestros ojos y sólo vemos minúsculas tiras, ocultas bajo una montaña de arroz y verduras. Hoy, por ejemplo, nos hemos puesto nuestras mejores galas para ir a comer al Hotel del pueblo el mejor pescado… ¿por fin? Después de una larga y ansiosa espera, el pescado ha llegado: apenas 10 cm de pescado seco, refrito, sin gusto y pasado. Nos miramos con estupor.

¿Dónde está el pescado fresco gigante que vemos cargar cada mañana en el río?, ¿quién se lo come?, ¿quién lo disfruta? Lo mismo debe preguntarse el gato gris que ronronea desesperado debajo de mi mesa.

Rajol.

Laos en tiempos modernos...

Hemos atravesado esa gruesa línea que dibuja el Mekong entre Camboya y Laos, y nos hemos adentrado en este nuevo mundo, apenas unas decenas de kilómetros, para aterrizar en uno de los lugares más turísticos de Laos: las 4.000 islas. De todas ellas nos hemos dejado caer durante varios días en Don Khon, por ser dentro de la avanzada industria turística que se ha puesto en marcha, la isla más tranquila.

Al frente de Don Khon está Don Det, la isla perfecta dónde la ropa de marca, las gafas de sol de pasta blanca y los peinados a lo Beckam, se codean en su elemento. Bares, música, alcohol, “happy” experiencias… Un buen lugar para divertirse y salir de marcha, o para descansar y disfrutar de cascadas, de caminatas por la jungla, de zumos de frutas, de baños en el río y de pagodas multicolores e intrincadas.

Los locales van adaptando su oferta cada año a las nuevas excentricidades. Al mismo tiempo continúan con su propia vida, inmutables, y es que entre los bungalows viven los perros, los búfalos, las gallinas y los cerdos. Por las tardes, cuando cae el sol, los laosianos se acercan a sus huertos de verduras y hortalizas, fuertemente vallados con bambú para protegerlos de los animales, y con mimo aran una pequeña zanja o recogen algunas hojas secas. Los jóvenes trepan temerariamente a las altas palmeras para coger cocos, y los monjes budistas con su hábito azafrán, recorren los caminos de tierra para buscar su sustento a cambio de una bendición.

El viajero encuentra aquí una Ibiza más exótica, una Kuta (Indonesia) con playas de agua dulce, una Dharamsala (India) de gastronomía para todos los gustos. Hace sólo 7 años los que habían viajado por Laos explicaban las maravillas de un país que aun no nos había conocido. Dormías, comías y bebías como ellos. Ahora todo eso es sólo una anécdota del pasado, que se comenta entre hamburguesas, pizzas y batidos, mientras un pescador arriba su barca al Mekong.

Sinceramente, bravo por los laosianos, porque han dado con una mina de oro para conseguir divisas y salir de la pobreza material. Aunque por otro lado, el mundo está cambiando tan rápido que en pocos años estos países serán una especie de parques temáticos donde se podrá comer en todas partes lo mismo, y donde se podrán comprar sombreros mexicanos. El mundo no es más que lo que nosotros le pedimos: entretenimiento y consumismo.

Robiol.

Camboya en medio del tiempo...

El tiempo pasa rápido, tan rápido que ya hemos consumido más de la mitad del viaje. Cuando rebasas esta línea en su geometría psicológica empiezas a respirar que habrá un fin, un último avión que nos llevará a casa. Piensas si por entonces ya será el momento de volver, o si ya lo fue o si todavía no lo es. Piensas como arrancarás de nuevo después de acostumbrarte a hacer y deshacer el hogar que cabe en las mochilas. Cuentas los meses que faltan y salen aun muchos días, pero estos ya son menos que los viajados, y sientes que desde aquí hasta ese finito, los días se sucederán cada vez más rápido.

Antes de partir hacia Sudamérica escribíamos también sobre el tiempo, pero lo hacíamos desde su lentitud para alcanzar un futuro lleno de expectativas. Los días por entonces avanzaban en un extraño equilibrio entre las rutinas que acabarían de forma súbita y los preparativos que daban forma al viaje. Al final llegó el día de partir. Fue de madrugada. Las farolas iluminaban con luz naranja carriles sin tráfico. Barcelona dormía el sueño previo al estallido de un nuevo día.

Somos dos, conviviendo todas las horas del día. Hay días buenos y no tan buenos, donde la convivencia pasa de ser una elección del instinto a ser un auténtico reto. Desde aquí lo cuestionamos todo, nos cuestionamos continuamente. Tenemos tiempo para reflexionar, para pensar sobre minucias irrelevantes, sobre política, sobre nosotros, sobre vosotros y sobre ellos. Estamos aprendiendo a conversar, a escuchar y a respetar las diferencias inherentes a cada cosa y a cada uno. Viajando entiendes que todo puede resolverse de muchas formas distintas, que no hay una única manera de actuar ni de vivir la vida. Nadie tiene la razón absoluta porque todo se basa en la experiencia de cada uno. Todo vale aunque nuestro mundo se empeñe en inculcarnos que sólo hay una forma de vida en la que prima el dinero, las propiedades y la “calidad de vida”, dentro de una legalidad que también pude ser cuestionada.

El tiempo ha seguido avanzando a pesar de aludirlo en el primer párrafo de este escrito. Su infinito nos hace cada vez más pequeños y a pesar de ello vivimos unos segundos por alguna razón, por un sentido que quizá no lleguemos ni a rozar con los dedos. Lástima. Camboya ha quedado atrás, nos ha dado mucho, y sin embargo no podemos cuantificarlo. El tiempo seguirá su curso ajeno a lo que hagamos con nuestra vida. Tic tac… alguien acaba de nacer… Tic tac… alguien ya se ha ido…

Robiol.

Tres pinceladas...

Camboya nos ha dado unas cuantas sacudidas, de esas que te dejan para pensar largo y tendido. De los museos sobre el régimen de Pol Pot entendimos que la historia de nuestros libros pivota sobre nuestro centro de gravedad, y conforme nos alejamos del punto de giro los hechos se desvanecen en breves explicaciones o en la ausencia total de ellas. Aquí hubo un genocidio en el que hombres y mujeres cometieron las mayores brutalidades contra la humanidad. Fue duro leer sobre hasta dónde llegaba nuestra ignorancia.

En este país hemos aprendido que ser conservador no riñe con ser tolerante. Los homosexuales y los travestis no son ningún colectivo marginal al que se le apunta con el dedo cuando pasean por la calle. Lo negativo de esta tolerancia sexual es que desgraciadamente fomenta la prostitución de menores que consumen hombres solitarios de todas las edades, nacionalidades y calañas. Hemos visto, como en ningún otro sitio, a muchos hombres viajando solos que nos han hecho revolvernos en estereotipos sin fundamento.

También se nos ha desmoronado el tópico de que viajar por estos países es para jóvenes. Hemos visto a más parejas mayores que jóvenes y de hecho la media de edad bien podría ascender hasta más allá de los 50 años. Parejas de la edad de nuestros padres recorriendo lugares recónditos, paseando por la jungla, o aquella pareja sobre los 70 años, subidos a una moto y cortando el polvo a toda velocidad.

Robiol.